Trae constantemente a tu memoria a aquellos que se han quejado amargamente de algo, a aquellos que han sobresalido más por la mayor fama, o por desgracias, o enemistades, o fortunas de cualquier clase: piensa entonces: ¿dónde están ahora todos ellos? Humo y ceniza y un relato, o ni tan solo un relato.
Y ten presente también todo lo de esta índole: cómo vivió Fabio Catulino en el campo, y Lucio Lupo en sus jardines, y Estertinio en Bayas, y Tiberio en Capri, y Velio Rufo; y en fin, piensa en el afán apasionado por cualquier cosa unida a la soberbia; y cuán sin valor es todo aquello por lo que los hombres se esfuerzan violentamente; y cuánto más filosófico es que un hombre, en las oportunidades que se le presentan, se muestre justo, temperante, obediente a los dioses, y que haga esto con toda sencillez: pues el orgullo que se enorgullece de su falta de orgullo es el más intolerable de todos.
A los que preguntan: ¿Dónde has visto a los dioses o cómo comprendes que existen y por eso los adoras?, respondo, en primer lugar, que incluso pueden ser vistos con los ojos; en segundo lugar, que tampoco he visto mi propia alma y, sin embargo, la honro.
Así pues, con respecto a los dioses, por lo que experimento constantemente de su poder, por esto comprendo que existen y los venero.