De mi abuelo Vero aprendí las buenas costumbres y el dominio de mi carácter.
De la fama y el recuerdo de mi padre, la modestia y un carácter varonil.
De mi madre, la piedad y la beneficencia, y la abstención no solo de los malos actos, sino incluso de los malos pensamientos; y además, la sencillez en mi modo de vivir, muy alejada de las costumbres de los ricos.
De mi bisabuelo, el no haber frecuentado las escuelas públicas, y haber tenido buenos maestros en casa, y el saber que en tales cosas se debe gastar liberalmente.
De mi tutor, el no ser ni del partido verde ni del azul en los juegos del Circo, ni partidario de los Parmularios o de los Scutarios en los combates de gladiadores; de él aprendí también la resistencia al trabajo, el necesitar poco, el trabajar con mis propias manos, el no entrometerme en los asuntos ajenos y el no estar dispuesto a escuchar calumnias.
De Diogneto: a no ocuparme de cosas triviales, y a no dar crédito a lo que decían los hacedores de milagros y los charlatanes sobre encantamientos y la expulsión de demonios y cosas semejantes; y a no criar codornices para la pelea, ni a entregarme apasionadamente a tales cosas; y a tolerar la libertad de expresión; y a haberme familiarizado con la filosofía; y a haber sido oyente, primero de Baquio, luego de Tandasis y Marciano;