Pero es incompatible con honrar a la razón y a dios turbarse porque por la muerte uno vaya a ser privado de las otras cosas.
¡Qué pequeña parte del tiempo ilimitado e insondable le ha sido asignada a cada hombre! Pues muy pronto queda devorado por la eternidad. ¡Y qué pequeña parte de toda la sustancia! ¡Y qué pequeña parte del alma universal! ¡Y sobre qué pequeño terrón de toda la tierra te arrastras!
Reflexionando en todo esto, no consideres nada grande, excepto obrar como tu naturaleza te guía, y soportar aquello que la naturaleza común trae.
¿De qué manera hace uso de sí misma la facultad rectora? Porque en esto radica todo lo demás. Mas lo restante, ya esté en el poder de tu voluntad o no, no pasa de ser ceniza inanimada y humo.
Esta reflexión es la más adecuada para movernos al desprecio de la muerte, que incluso aquellos que consideran el placer como un bien y el dolor como un mal la han despreciado aun así.
Para aquel a quien solo le parece bueno lo que llega a su debido tiempo, y para quien da lo mismo haber realizado más o menos acciones conformes a la recta razón, y para quien no supone ninguna diferencia contemplar el mundo durante un tiempo más largo o más corto, para ese hombre tampoco la muerte es algo terrible [ iii , 7; vi , 23; x , 20; xii , 23 ].
Hombre, has sido ciudadano en este gran Estado [el mundo]; ¿qué diferencia hay para ti en que sea por cinco años [o tres]? Pues lo que está conforme a las leyes es justo para todos. ¿Dónde está la dificultad entonces, si no es un tirano ni un juez injusto quien te despide del Estado, sino la naturaleza que te introdujo en él? Lo mismo que si un magistrado que ha contratado a un actor lo despide del escenario. —«Pero no he terminado los cinco actos, sino sólo tres de ellos».— Dices bien, pero en la vida los tres actos son el drama entero; pues quién