hombres heridos a nuestra casa para que los cuidáramos, Guedita y yo nos pusimos encantadas y, locas de alegría, empezamos a preparar camas, vendas y hilas. Los esperábamos con ansiedad, corriendo a la ventana a cada minuto para ver si venían. Por fin llegaron.
Mi padre, que acababa de entrar de la calle de muy mal humor, quejándose de que muchos de sus deudores habían muerto, perdiendo así toda esperanza de cobrarles, recibió muy mal a los soldados heridos. Lo abracé, llorando, y le rogué que los acogiera; pero no quiso escucharme y, en su ciega cólera, los empujó hacia la alcantarilla, trancó la puerta y subió diciendo: «¡Que se ocupen de ellos sus propios padres!».
Era de noche. Guedita y yo estábamos en la más absoluta desesperación. No sabíamos qué hacer.
Podíamos oír los lamentos de aquellos dos pobres hombres, arrastrándose por la calle, pidiendo ayuda. Mi padre se encerró en su habitación para hacer sus cuentas, sin importarle nada ni ellos ni nosotros.
Fuimos sigilosamente, para que no nos oyera, a la ventana del frente, y les tiramos trapos para vendas; pero no podían alcanzarlos. Les hablamos, y nos tendieron las manos.
Atamos una cestita al extremo de una caña y les pasamos algo de comida; pero uno de ellos se estaba muriendo, y el otro sufría tanto que no podía comer. Les dijimos lo que pudimos para animarlos, y rogamos a Dios por ellos.
Al fin resolvimos bajar y salir a ayudarlos, aunque fuera por un momento. Mi padre nos pilló aquí en el balcón, y se puso furioso. ¡Esa noche, qué noche! ¡Oh Santísima Virgen!, uno de ellos murió en la calle, y el otro se arrastró para buscar compasión en otra parte.