Había en la puerta del Portillo una gran batería semitendida que unía los muros del convento de Fecetas con los de los agustinos. Desde este edificio hasta el convento de los trinitarios se extendía una cortina en línea recta, con almenas en toda su longitud y buen camino de ronda en el centro. Estaba esta obra defendida por un foso profundo que llegaba hasta el célebre campo de las Eras, teatro de las proezas del 15 de junio. Más al norte, hacia la Puerta Sancho, que guardaba los atrincheramientos del Ebro, seguían las fortificaciones, rematando en un cubo. Todas estas obras, construidas a la prisa, aunque con inteligencia, no se distinguían por su solidez. Cualquiera de los generales enemigos, ignorante de los sucesos del primer sitio y de la inmensa fuerza moral de los zaragozanos, se hubiera reído de aquellos montones de tierra como fortificaciones propias para un asedio formal. Pero Dios dispone que de cuando en cuando se burlen las leyes físicas que rigen la guerra. Zaragoza, comparada con Amberes, Dantzig, Metz, Sebastopol, Cartagena, Gibraltar y otras famosas plazas, era como una fortaleza de cartón.
¡Y sin embargo—!