encontramos sin armas; fusilamos a los que las tenían. Tomamos los picos y las palas; todo ello con una energía sin igual, animándonos unos a otros con palabras ardientes, exaltados sobre todo por la idea de que nos estaban observando desde la ciudad.
En este ataque tuvimos fortuna, pues mientras destruíamos a los que trabajaban en las trincheras, las tropas que habían hecho la salida por la izquierda libraban un combate exitoso con los destacamentos que el enemigo tenía en la Bernardona.
Mientras los voluntarios de Huesca, los granaderos de Palafox y las guardias valonas derrotaban a la infantería francesa, el escuadrón de caballería de Numancia y Olivenza salió cautelosamente por la Puerta de Sancho y, dando un gran rodeo, ocupó el camino de Alagón por un lado y la Muela por el otro, exactamente cuando los franceses se retiraban de la izquierda hacia el centro, necesitados de mayores fuerzas auxiliares.
Sintiéndose en su elemento, nuestra fogosa caballería se lanzó hacia adelante, destruyendo todo lo que encontraba a su paso, y entonces la infantería deshonrada, que huía hacia Torrero, cayó y fue pisoteada.
En su dispersión, muchos cayeron bajo nuestras bayonetas, y si grande era su deseo de huir de los caballos, grande también era nuestro anhelo de recibirlos de un modo digno de nuestras espadas.
Unos corrían, arrojándose a las zanjas al no poder saltarlas; otros se rendían a discreción, arrojando las armas; algunos se defendían con heroísmo, dejándose matar antes que rendirse; y por último no faltaron bastantes que, encerrándose en el horno de ladrillos lleno de ramas y madera, le prendieron fuego, prefiriendo morir asados antes que ser hechos prisioneros.
Todo esto que he relucido en detalle pasó en muy poco tiempo, mientras el comandante francés, habiendo visto bastante en esta hora, destacó las