Al llegar a este punto de mi relato, ruego al lector que me disculpe si no doy exactamente las fechas de lo que refiero. En este período de horror, que duró desde el 27 de enero hasta mediados del mes siguiente, los acontecimientos sucesivos están tan confusos, tan entremezclados, tan fundidos en mi mente, que no puedo distinguir los días de las noches y, en algunos casos, ni siquiera sé si ciertas escaramuzas de las que recuerdo tuvieron lugar a la luz del día. Me parece que todo ocurrió durante un largo día, o en una noche interminable, y que el tiempo no se regía entonces por sus divisiones ordinarias. Muchas sensaciones e impresiones están unidas en mi memoria, formando un vasto cuadro donde ya no hay más líneas divisorias que las que los acontecimientos mismos ofrecen: el terror mayor de un momento, el pánico o la furia inexplicables de otro.
Por esta razón no puedo decir exactamente en qué día ocurrió lo que voy a relatar ahora; pero si no me equivoco fue un día después del combate de Las Mónicas, y por lo que a mí toca, diré que entre el treinta de enero y el dos de febrero.
Ocupábamos una casa en la calle de Pabostre. Los franceses estaban en la contigua, y trataban de avanzar por el interior de la manzana para llegar a la Puerta Quemada.
Nada puede compararse con la incesante actividad que allí se desplegaba. Ninguna clase de guerra, ninguna batalla sangrienta en campo abierto, ningún sitio de una plaza, ni lucha en una barricada callejera pueden compararse con la serie sucesiva de conflictos entre el ejército de una alcoba y el ejército de un salón, entre las tropas que ocupan un piso y las que guardan el piso superior.
Oír los golpes apagados de los picos en varios puntos, sin saber de qué dirección podía venir el ataque, nos causó cierta alarma.