mucha sencillez, pero con un gusto exquisito. Había en él una sensación de armonía y descanso.
Sin embargo, me preguntaba cada vez más qué había traído a una mujer como la señora Lestrange a St. Mary Mead. Era tan claramente una mujer mundana que parecía de un gusto extrañísimo sepultarse en un pueblo rural.
A la clara luz de su salón tuve la oportunidad de observarla de cerca por primera vez.
Era una mujer muy alta. Su cabello era de oro con un matiz rojizo. Sus cejas y pestañas eran oscuras, sin que pudiera decidir si por el arte o por la naturaleza. Si estaba, como pensaba, maquillada, estaba hecho con mucha finura. Había algo de esfinge en su rostro cuando estaba en reposo y tenía los ojos más curiosos que jamás he visto; eran de un tono casi dorado.
Su ropa era impecable y poseía toda la soltura de modales de una mujer bien educada, y sin embargo había algo en ella que resultaba incongruente y desconcertante. Uno sentía que era un misterio. Acudió a mi mente la palabra que Griselda había empleado: siniestra. Absurdo, por supuesto, y, sin embargo, ¿era tan absurdo? Un pensamiento brotó de improviso en mi mente: «Esta mujer sería capaz de cualquier cosa».
Nuestra conversación transcurrió por los cauces más normales: cuadros, libros, iglesias antiguas. Sin embargo, no sé cómo, tuve la muy fuerte impresión de que había algo más, algo de naturaleza muy distinta que la señora Lestrange quería decirme.
Le capturé la mirada una o dos veces, mirándome con una curiosa vacilación, como si fuera incapaz de decidirse. Mantuvo la conversación, me di cuenta, estrictamente en temas impersonales.