Daría Alexandrovna, en bata, con el pelo ahora escaso, otrora abundante y hermoso, sujeto con horquillas en la nuca, con el rostro demacrado y delgado y los ojos grandes y asustados, que parecían saltones debido a la delgadez de su cara, estaba de pie entre un desorden de objetos de toda clase esparcidos por la habitación, ante un bargueño abierto del que sacaba algo.
Al oír los pasos de su marido, se detuvo, mirando hacia la puerta y esforzándose con ahínco por dar a sus facciones una expresión severa y despectiva. Sentía que le tenía miedo, y miedo del inminente encuentro.
Solo trataba de hacer lo que ya había intentado hacer diez veces en estos últimos tres días —ordenar las cosas de los niños y las suyas propias, para llevarlas a casa de su madre— y de nuevo no lograba obligarse a hacerlo; pero una vez más, como en cada ocasión anterior, se repetía a sí misma «que las cosas no podían seguir así, que debía tomar alguna medida» para castigarlo, avergonzarlo, vengarse de él al menos en una pequeña parte por el sufrimiento que le había causado.
Seguía repitiéndose a sí misma que debía dejarlo, pero era consciente de que esto era imposible; era imposible porque no lograba perder la costumbre de considerarlo su marido y de amarlo. Además de esto, comprendía que si ni siquiera allí, en su propia casa, lograba cuidar debidamente a sus cinco hijos, estarían aún peor allí a donde iba a llevárselos a todos. Tal como estaban las cosas, incluso en el transcurso de esos tres días, el menor se habíapuesto enfermo por haberle dado una sopa poco saludable, y los demás casi se habían quedado sin comer el día anterior.