“No cabe duda de que nuestra sociedad sigue siendo tan bárbara (en Inglaterra no es así) que muchísimos” —y entre ellos figuraban aquellos cuya opinión Alekséi Aleksándrovich valoraba particularmente— “ven con buenos ojos el duelo; mas ¿qué resultado se obtiene con él? Supongamos que lo reto”, prosiguió Alekséi Aleksándrovich para sus adentros, y al representarse vivamente la noche que pasaría tras el desafío y la pistola apuntándole, se estremeció y supo que nunca lo haría; “supongamos que lo reto. Supongamos que me enseñan”, continuó reflexionando, “a disparar; aprieto el gatillo”, se dijo cerrando los ojos, “y resulta que lo he matado”, se dijo Alekséi Aleksándrovich, y sacudió la cabeza como para disipar semejantes ideas absurdas. “¿Qué sentido tiene asesinar a un hombre para definir la propia relación con una esposa y un hijo culpables? Seguiría teniendo exactamente el mismo deber de decidir qué debo hacer con ella. Pero lo más probable y lo que sin duda ocurriría: me matarían o me herirían. Yo, la parte inocente, sería la víctima: muerto o herido. Es aún más absurdo. Mas, aparte de eso, un desafío a duelo constituiría un acto poco honesto de mi parte. ¿Acaso no sé perfectamente que mis amigos nunca me permitirían batirme en duelo, nunca permitirían que la vida de un estadista, necesaria para Rusia, se exponga al peligro? Sabiendo de antemano perfectamente que el asunto nunca llegaría a un peligro real, equivaldría a que yo simplemente intentara ganar cierta reputación fingida mediante tal desafío. Eso sería deshonesto, eso sería falso, eso sería engañarme a mí
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