# UN ADEPTO DEL «SISTEMA»
El «Sistema» tiene toda clase de devotos. Sobre J. Edward O'Sullivan Addicks no hay nada que sugiera remotamente a colaboradores del tipo del señor Rogers y William Rockefeller. Una descripción que lo dejara en alguna parte como un duplicado de cualquiera de ellos les cometería una grave injusticia a él y a ellos. Henry H. Rogers y William Rockefeller tienen dos facetas, su faceta social y su faceta comercial. Socialmente, son hombres buenos; en los negocios obran el mal. J. Edward O'Sullivan Addicks es un mal hombre, socialmente, en los negocios, en todos los sentidos. El término «mal hombre» se utiliza con conocimiento de causa. Mi idea de un «mal hombre» es que, como un dólar malo, es una falsificación. Una falsificación tiene todas las apariencias de la realidad y, sin embargo, carece de sus propiedades y virtudes. Lo mismo ocurre con Addicks. Es fácil encontrar hombres que juren por todo lo sagrado que Henry H. Rogers es uno de los mejores tipos del mundo, aunque otros tantos proclamen con igual fervor que es el demonio encarnado. Sobre Addicks, entre quienes lo conocen, no hay más que una opinión. Aún no he conocido a ningún hombre, mujer o niño que dijera algo de Addicks, tras un mes de conocerlo, que no fuera: «¡No lo menciones! Es el colmo». Y se dirá con la calma de la convicción desapasionada, como quien habla de un tigre de peluche en la jungla de un museo de tres al cuarto.
Aquí tenemos a un hombre sin corazón, sin alma y, según creo, absolutamente sin conciencia; el tipo de hombre de quien incluso sus allegados sienten que es probable que presente, después de sus muertes, facturas extrañas contra sus patrimonios como compensación por lo que les debe; el tipo de hombre cuya promesa es tan buena como su pagaré, y cuyo pagaré está tan cerca de su promesa que le resulta absolutamente indiferente cuál de los dos aceptes.
Exhibido en el gabinete de rarezas de uno de los grandes circos hace algunos años había una extraña criatura a la que, a falta de un nombre mejor, su dueño y el público apodaron: «¿Qué es esto?».
Este fenómeno tenía la apariencia de la humanidad, y sin embargo no era humano. Todas sus funciones y sentimientos invertían lo normal.
- Hazle cosquillas y lloraría amargamente;
- pellízcalo o tortúralo y sonreiría con arrobamiento;
- cuando pasaba hambre rechazaba la comida, y cuando estaba sobrealimentado estaba devoradoramente hambriento de más.
Tenía latidos, pero no corazón. El público se dio por vencido con él. El público se habría dado por vencido con J. Edward O'Sullivan Addicks hacía mucho tiempo si este se lo hubiera permitido.
La ilustración es mejor que la explicación, y tal vez pueda presentar a J. Edward O'Sullivan Addicks ante mis lectores de manera más gráfica mediante unos cuantos incidentes que muestren sus características contradictorias en acción que mediante diagramas verbales, por laboriosos que sean.
Érase una vez en que Addicks, al entrar a cenar en Delmonico's, tropezó con un par de voceadores de periódicos en la entrada. A uno de ellos, con el corazón roto, lo estaba consolando el otro. Addicks, al observar los profundos sollozos, preguntó: «¿Qué te pasa, muchacho?».
El consolador explicó que su compañero había perdido 2 dólares, las ganancias y el capital de su día, y «Su mámá—su pátré ha muerto—y al bebé lo van a echar a la calle del conventillo».
Addicks, sin más preámbulos, le deslizó al sufrido joven vendedor de periódicos un billete que sus amigos supusieron que era de 2 dólares para reemplazar los fondos perdidos. Sin embargo, mientras se quitaban los abrigos en el vestíbulo, el pequeño voceador se abrió paso diciendo: «Oiga, jefe, ¿quiso decir darme los veinte?».
Addicks asintió con una sonrisa bonachona, y sus amigos anotaron en silencio un punto a su favor, sintiendo que, después de todo, en el fondo era mucho más buena persona de lo que le habían creído.
Después de cenar, al salir, el vendedor de periódicos se acercó de nuevo.
"Disculpe, jefe, pero a mi compadre también le gustaría agradecerle. Le voy a dar una de cinco pavos de lo que me dio".
Addicks miró al muchacho de su manera levemente fría y dijo:
"Dame ese billete. Te lo voy a cambiar".
El muchacho se lo entregó y Addicks, tras guardarlo metódicamente en su monedero, le devolvió un billete de 2 dólares con las palabras:
"Eso es lo que perdiste, ¿no? Y tú" (dirigiéndose al segundo pequeñajo, que para entonces ya se había forjado visiones de ropa nueva para los chicos y un asiento caliente en el gallinero de un teatro de Bowery), "tú no perdiste nada, ¿verdad? ¡Bueno, ahora váyanse a correr por ahí los dos!"
Sus amigos se miraron, y de sus pizarras borraron la marca blanca y la sustituyeron por otra negra, profunda y ancha.
Y, sin embargo, Addicks había compensado la pérdida —había hecho una buena obra, pero a la manera de Addicks—. Debería señalar tal vez que J. Edward O'Sullivan Addicks nunca ha fumado, ni ha pronunciado una mala palabra, ni ha tomado licor bajo ninguna forma.
Durante la campaña del gas de Addicks en Boston, uno de sus lugartenientes exigió como su parte del trato una gran suma de dinero, que según él Addicks le estaba retaceando. Addicks se negó a pagar.
Amigos y socios le instaron a llegar a un acuerdo. A pesar de seguir negándose, aceptó reunirse con este hombre en uno de los principales hoteles en presencia de abogados y lugartenientes. La entrevista fue tensa. Addicks sorprendió a todos por su absoluta intrepidez ante un ataque feroz, que culminó con la presentación de un documento firmado por ciertos legisladores de Massachusetts, en el cual extendían un recibo por el dinero del soborno que Addicks había pagado por sus votos.
El hombre que afirmaba estar siendo timado amenazó con que esto sería presentado ante el Gran Jurado al día siguiente. Todos los testigos quedaron estupefactos ante la situación y a una le suplicaron a Addicks que silenciara el asunto pagando lo que se reclamaba.
"Caballeros —dijo este gran financiero—, mi honor, mi honor comercial y personal, ha sido ultrajado, ¡y antes que someterme a esta afrenta prefiero morir! ¡Les pido a todos que sean testigos de que bajo ninguna circunstancia le pagaré a este hombre ni un solo dólar!"
Y se marchó de la reunión indignado.
Mientras que su abogado y sus colaboradores estaban horrorizados ante lo que podría ser el desenlace, admiraban el valor varonil de Addicks y se preguntaban si, después de todo, no se habrían equivocado en sus apreciaciones sobre su coraje y sus principios.
En medio de esa misma noche, el hombre con el documento se vio sorprendido por un telegrama que decía:
"Encontrémonos en Jersey City mañana sin falta con el documento; mantén absoluta reserva."
Al día siguiente se reunieron en Jersey, y Addicks simplemente dijo:
"Ahí está el monto total. Dame el documento. No supondrás que voy a encubrir un delito grave en el Estado en el que se cometió, y ante testigos, ¿o sí?"
En las elecciones nacionales de 1896, J. Edward O'Sullivan Addicks fue candidato al Senado de los Estados Unidos por Delaware y, por diversas razones, estaba deseoso de asegurar una victoria republicana. Dentro del estado, sin embargo, la verdadera pugna no giraba en torno a cuestiones nacionales, sino a la obtención del control de la legislatura, que el enero siguiente debía elegir a un senador de los Estados Unidos.
Había tres facciones: los demócratas y dos alas de los republicanos, los partidarios de Addicks y los anti-Addicks, autodenominados «regulares».
El día de las elecciones, Addicks gastó la friolera de 100 000 dólares comprando votos, y esa misma noche Delaware quedó asegurada para McKinley; tanto los «regulares» como los hombres comprados con el dinero de Addicks votaron por un presidente republicano.
Pero pronto corrió el rumor de que, si se permitía que el voto del condado de Sussex (hay tres condados en Delaware: Newcastle, Kent y Sussex) se mantuviera tal como había sido emitido, todos los esfuerzos de Addicks por controlar la legislatura habrían resultado infructuosos y sus «dólares fabricados» se habrían gastado en vano.
El excomerciante de harina de Filadelfia no se conformó con aceptar el sagrado veredicto del pueblo. Reunió rápidamente a sus lugartenientes, trazó una campaña de una audacia y un atrevimiento casi temerarios, y asignó su ejecución a sus mejores hombres.
Las urnas con su contenido estaban bajo la custodia del sheriff y guardadas bajo llave en el palacio de justicia. El sheriff era un títere de Addicks.
A medianoche, entregó su cargamento a uno de los lugartenientes más fieles del aspirante a estadista, quien, con la ayuda de un farol y un papelito con las instrucciones, clasificó las papeletas legales, desechó algunas e introdujo otras nuevas.
Cuando alzó otro sol, el vil ultraje al sufragio electoral estadounidense se había consumado, y Addicks tramaba afanosamente llevar a cabo el resto del complot.
Basándose en la declaración que él o uno de sus asociados haría, de que había habido fraude en el condado de Sussex, el Gobierno de Washington debía enviar una comisión investigadora a la cual se le afirmaría que las listas de votantes habían sido manipuladas por los demócratas.
Para demostrarlo, se abrirían las cajas, se contarían las papeletas y, ¡he aquí!, la villanía de los demócratas quedaría demostrada de forma irrefutable.
Pero el plan era un plan de Addicks. De haber sido la maquinación de cualquier otro hombre con la inteligencia, el valor y la falta de principios necesarios para urdirla y ponerla en marcha, inevitablemente se habría llevado a cabo hasta su conclusión prevista. Tal como fue, esto es lo que ocurrió:
El teniente encargado de cometer materialmente el delito comentó los detalles del mismo con ligereza ante otra persona, y esta otra, «en presencia de testigos», felicitó riendo a Addicks por el éxito de su plan. Cuál no sería la sorpresa del grupo al oír decir al candidato al Senado:
«Caballeros, no puedo consentir semejante transacción. Es la primera noticia que tengo al respecto, y resulta tan escandalosamente delictiva que me niego a permitir que siga adelante. No habrá investigación alguna, y si es cierto que esas papeletas han sido cambiadas en la urna, quienes las cambiaron no obtendrán ningún beneficio de su nefasta labor. He dicho».
Nótese bien que todos los miembros del grupo eran cómplices del plan y habían sido minuciosamente aleccionados en el papel que se les había asignado por el propio Addicks, pero a solas, es decir, sin testigos; sin embargo, tan sincero y aparentemente honesto era el hombre en su protesta que por un instante dudaron de sus sentidos—hasta que recordaron que era Addicks.
La investigación nunca se llevó a cabo, y hasta el día de hoy los lugartenientes de Addicks, especialmente aquel que hizo el trabajo de medianoche y que todavía vive en el pacífico Estado de Delaware, se apartan con repugnancia cuando se menciona la audacia de Addicks.
Aquí debe explicarse que, siempre que Addicks planea una transacción ilegal —una por la que pueda ser declarado civilmente o penalmente responsable—, invariablemente instruye a cada uno de sus cómplices a solas, "sin testigos".
Y cuando en el desarrollo de la trama se hace necesario mantener una confabulación en la que deban reunirse las distintas partes del procedimiento, Addicks es sumamente cuidadoso en conservar una apariencia legal de ignorancia respecto a los detalles incriminatorios. A intervalos, cuando se aproxima un punto peligroso en la discusión, se levanta de su asiento y, dirigiéndose a la puerta, dice:
"Caballeros, deténganse ahí mismo hasta que salga de la habitación; toquen a la puerta cuando hayan pasado ese mal tramo, y regresaré".
El refrán de Addicks «Espérense a que salga del cuarto» es tan conocido entre sus compañeros de trabajo como lo es «Me voy arriba» entre la familia de la «Standard Oil».
Intenta conjurar ante los ojos de tu mente una imagen del carácter anómalo que estos casos sugieren. Te apuesto a que tu imagen mental se parece tan poco al Addicks original como el señor Hyde al doctor Jekyll en la historia. No aparenta el papel que aquí se le asigna, ni ningún otro papel, a decir verdad.
Lo vi venir hacia mí por State Street un día de verano hace algunos años, un hombre alto y fibroso, con un traje de franela blanca, de corte perfecto e impecable como la nieve, que llevaba un sombrero de Panamá fino. Esto fue en la época en que los Panamá no se usaban comúnmente. Era la viva imagen del elegante y lujoso hacendado sureño de los días anteriores a la guerra.
Seis meses después, más o menos en el mismo lugar, vi que se acercaba a mí una persona espléndida con ricas prendas exteriores de Marta cibelina que parecía en todo un gran duque ruso exiliado. Era Addicks en invierno.
No le arrancarás su secreto a ese rostro apacible, más bien ambiguo, pero de mandíbula cuadrada, ni a la boca oculta bajo un bigote militar largo, caído y gris. Podría decirse que su cabeza es de buen tamaño y bien formada, y los ojos grises y poco profundos que te miran son casi alegres en sus destellos. Pero son ojos inescrutables que parecen llevar un desafío en la mirada, una especie de
«mírame-todo-el-tiempo-que-quieras-y-nunca-adivinarás-lo-que-hay-bajo-la-superficie»
expresión que resulta desconcertante y provocativa.
Sin embargo, este sibarita, este cobarde audaz, este pródigo tacaño, este hipócrita sincero, esta extraordinaria combinación de cualidades contradictorias, es el hombre que de 1887 a 1892 hizo que Boston pareciera el proverbial paleto de pueblo en día de circo.
Poder, el hombre ciertamente lo tiene, y de una calidad muy definida, aunque sus allegados no saben explicar la razón de su sumisión hacia él.
Tras un breve trato se revela como el alma misma de la insinceridad: "manipula" a sus amigos, rinde tributo a sus enemigos, se muestra con total franqueza carente de todo sentido de obligación moral.
Creo que su talento radica en su capacidad para seleccionar al tipo adecuado de hombre al que "enriquecer" en los ilícitos planes que su mente anómala concibe.
Estos colaboradores suyos son de distinta laya; algunos poseen una superabundancia de efectivo; otros, el deseo de obtenerlo; tienen en común su falta de principios y su escasez de luces.
Addicks no puede hacer tratos por mucho tiempo con hombres de verdadera capacidad, ni los comprende, mientras que es capaz de leer las mentes de sus víctimas predestinadas como si fueran un libro abierto.
Los peces gordos que se han topado con Addicks o se han asociado con él tienden a calificarlo de charlatán, bufón o zoquete.