# CÓMO ADDICKS SE APODERÓ DE BOSTON GAS
Por la época en que Addicks se «dejó caer» por Boston, dicha ciudad contaba entre sus posesiones más preciadas con varias compañías de gas sumamente ricas, y eran propiedad de su «gente distinguida». Hacer negocios con la «gente distinguida» de Boston no es tarea fácil, y hasta la llegada de Addicks, hacer negocios con su «gente distinguida» sin hacerlo a través de otros miembros de su «gente distinguida» que pudieran dar absoluta fe de ti era algo nunca visto.
La manera en que el excomerciante de harina de Filadelfia se las ingenió para sortear las barreras y adentrarse en el corazón de nuestra ciudadela de sangre azul ofrece el ejemplo más inigualable de audacia que conozco.
En muchos aspectos, Boston no se parece a otras grandes ciudades estadounidenses. Algunas de sus instituciones, debido a su antigüedad o a sus asociaciones, han adquirido una auténtica sacralidad.
- El linaje es importante.
El habitante medio pasa gran parte de su tiempo observando al nieto del padre de su vecino, para ver si los rasgos del viejo se manifiestan en él. Los fracasos del muchacho se le echarán en cara a su propia descendencia cincuenta años después.
Es una ciudad de largas memorias y de tradiciones.
En la Boston de 1887, al igual que hoy, consistía en gran medida en sus tradiciones, sus cristales azules y su Somerset Club.
Ahora bien, la distinción, la santidad y la antigüedad del Somerset Club están más allá de toda duda.
Desde que Boston es Boston, ha tenido su Somerset Club, un club característicamente de abuelos, padres e hijos. El derecho a ser miembro del Somerset Club es tanto una herencia para el hijo de un socio del Somerset como su nombre o como el orgulloso título que siempre se encontrará añadido a su firma cuando alcance la mayoría de edad: «de Boston».
Que un hombre ingrese en el Somerset sin largos años de espera y un escrutinio intenso, no solo de su propio historial, sino también del de sus antepasados, es un acontecimiento raro. Sin embargo, el nombre de J. Edward O'Sullivan Addicks figuraba como candidato a miembro de pleno derecho, con los elegidos de la flor y nata de Boston como sus avalistas, pocos días después de que él «aterrizara» allí.
Cómo llegó Addicks a la lista del Somerset es algo que Boston nunca contará, y la mención de este hecho hoy en día dentro de las instalaciones del club vaciará su aparador al instante.
La campaña organizada para la llegada de Addicks a Boston fue más elaborada, astuta y costosa de cuantas se hubieran concebido jamás para promocionar a una prima donna o a un gran pianista.
Durante meses, un agente de prensa había estado allanando el camino para la llegada de su jefe en un estallido de gloria. En los periódicos y entre los financieros se hablaba del maravilloso proceso de gas de agua que aumentaba enormemente los beneficios de la fabricación de gas, y tal rumor se asociaba siempre al nombre del brillante «Rey del Gas de Filadelfia», como ya lo había bautizado la prensa.
Un halo de asombro y magia, inmensamente propicio para despertar la curiosidad, se tejió en torno a la identidad de este J. Edward O'Sullivan Addicks, de quien se decía que tal vez pudiera ser persuadido para visitar Boston con el fin de obrar milagros con las acciones que habían estado «en la familia» mucho antes de que la generación actual pudiera recordar.
Cuando se confirmó que el gran hombre en verdad venía, el agente buscó el consejo de lo mejor de Boston para elegir sus aposentos. En el Tudor, un hermoso hotel familiar contiguo al Somerset Club en Beacon Hill, se alquiló una magnífica suite de apartamentos y, aunque el gran hombre solo podía permanecer en Boston un breve espacio de tiempo, los muebles, las cortinas y hasta las alfombras fueron cambiados por completo para él.
Los eminentes estafadores financieros tienen varias maneras de tratar a sus víctimas.
Algunos creen que el modo de ataque más hábil es el enfoque lento, confiado y digno que calma los temores del sujeto mediante su solemne muestra de deliberación.
Otros (y Addicks es de este credo) están convencidos de la eficacia superior del método de «entrar de golpe y arrastrar hacia afuera». El sujeto, según dicen, «se rinde» más y más rápido cuando suena la llamada de urgencia.
Era un día de invierno cuando Addicks «aterrizó» en Boston, y habían surgido circunstancias —le dijo el afable agente de prensa a varios de los mejores hombres de Boston con quienes estaba en consulta— que harían que la estancia de su jefe fuera mucho más breve de lo que ambos habían anticipado.
Así que, cuando el gran hombre llegó al club justo antes de cenar, toda una serie de personas importantes se encontraba congregada allí.
Addicks pasó por el fuego cruzado de las miradas críticas de un grupo tan crítico como el que pueda hallarse sobre la faz de la tierra, y corrió la voz —nadie pudo recordar después quién la inició—: «¡Típico caballero sureño! ¡La buena cuna se le nota por los poros!».
Tan bien había hecho su trabajo el astuto representante que se organizó allí mismo una pequeña cena, y Addicks hizo tantos progresos con aquellos bostonianos reservados y conservadores que, para cuando se sirvió el café, la conversación había llegado al punto en el que le era natural enviar al camarero al guardarropa en busca de su manojo de papeles sobre el gas.
El emisario regresó trayendo el abrigo de piel con el que Addicks siempre se envuelve en los días fríos. Addicks registró los bolsillos y, aparentemente para su sorpresa, descubrió que no contenían los documentos requeridos, sino que, donde estos debían estar, halló un pequeño fajo de bonos del gobierno de mil dólares que contenía, según dijo después uno de los presentes, al menos cien títulos.
—¡Qué descuidado es mi secretario! —dijo Addicks, devolviendo con despreocupación el paquete al bolsillo y haciendo un gesto al camarero para que se volviera a llevar el abrigo.
Se debía, por supuesto, a la admirable labor de su agente de prensa que estos efectos a lo culto grupo de refinados que se habrían mofado con desdén de semejante despliegue por parte de alguien de su misma clase.
En Addicks se trataba de la deslumbrante excentricidad del taumaturgo, y por tanto era disculpable; y la exhibición libre, ostentosa y descuidada de riqueza hacía que la conversación y las consiguientes demandas del hombre parecieran naturales.
A la mañana siguiente, al comentar el trabajo de la víspera con su lugarteniente, Addicks pronunció esta sabia reflexión:
«Las finanzas, muchacho, al igual que el teatro, dependen para su éxito de la puesta en escena, incluso más que del actor. Mi experiencia me ha demostrado que los hombres en todo el mundo son iguales: si los rodeas adecuadamente, abuchearán a la hora de abuchear y aplaudirán a la hora de aplaudir; sí, del modo en que pongas en escena tus obras financieras depende el éxito de estas».
El hecho es que por ningún otro método este artista escénico de las finanzas habría podido poner sus planes en marcha con tanta rapidez. El hombre había calculado con absoluta precisión la codicia romántica que despertaba.
Después de cenar, Addicks «fue directo al grano»:
«Caballeros, mi proyecto es tan sencillo como factible y conservador, pues no tocaré nada que no sean empresas conservadoras. Caballeros, ustedes tienen tres grandes compañías de gas que abastecen de luz a esta gran ciudad: la Boston, la Roxbury y la South Boston. Valen en la actualidad unos cinco millones de dólares. Voy a compraras y a gastar tres o cuatro millones más en una nueva compañía; después consolidaré las cuatro y las transformaré de empresas de gas de carbón en empresas de gas de agua, las cuales venderán gas a su gente a un precio menor del que pagan ahora y, al mismo tiempo, ganarán mucho dinero para ustedes y para mí. ¿Qué dicen?»
Esta fue sin duda una acción rápida. Lo mejor de Boston se quedó sin aliento por un minuto. Luego alguien sugirió que, en un asunto de tanta importancia, sería necesario que los procuradores investigaran, que se consultara a las familias propietarias de las acciones y que estas se pusieran de acuerdo antes de poder llegar a una base adecuada sobre la cual deshacerse de sus participaciones.
Addicks estuvo a la altura de las circunstancias.
"Lamento, caballeros, cualquier aparente prisa, pero la situación es esta: voy a invertir quince o veinte millones, o tal vez treinta o cuarenta, en propiedades de gas de la ciudad, y como el proyecto requerirá bastante ingeniería financiera, tengo que redondearlo de inmediato, a tiempo para escaparme a Londres a presentárselo a mis socios, ——, —— y ——" (mencionando a algunos de los grandes lores de las finanzas inglesas), "con quienes ustedes, caballeros, probablemente estén muy bien familiarizados. Creo que, después de pensarlo un poco, coincidirán conmigo en que sería un error posponer la conversión de estas magníficas plantas de Boston al sistema de gas de agua hasta después de que otras ciudades que tengo en mente sean reconstruidas. Ya ven que solo podemos reformar una ciudad a la vez, dado que el sistema es nuevo y los ingenieros y constructores competentes son escasos".
La dolorosa idea tomó forma en la mente de aquel distinguido y pequeño grupo de que, si no tenían cuidado, el conde de Montecristo podría en realidad marcharse de su ciudad sin obrar ninguno de los milagros dorados prometidos.
—¿Cuál es exactamente su idea, señor Addicks, de cómo podría llevarse a cabo este gigantesco negocio? —preguntó uno.
"Simple, simple"—el gran coronel Sellers, famoso por su colirio, jamás se mostró más sereno e indiferente al llamar la atención sobre los hechos,
"100.000.000 de personas, dos ojos cada una, un frasco de mi colirio patentado para cada uno a un dólar el frasco, y el colirio hecho a un coste neto de diez centavos el barril"—"simple, simple; tú pones el precio, yo lo pago y asunto concluido".
Alguien señaló que las propiedades de gas estaban valoradas muy alto. Que en Boston, por ejemplo, el valor nominal de cada acción era de 500 dólares, y que era improbable que el señor Addicks pudiera comprarla por menos de—de ochocientos.
—Por supuesto, por supuesto; no estoy comprando compañías de gas que no tengan una buena consideración por parte de sus actuales propietarios —replicó Addicks—. Creo que usted subestima el valor de las acciones de la Compañía de Boston cuando dice 800 dólares. Naturalmente, como hombre de negocios conservador, deseo comprar lo más razonablemente posible, pero como sé cuál será el futuro de su compañía bajo el cambio al gas de agua, considero que 1.000 dólares por acción es barato; y si usted lo dice, las tomaré ahora —la mayoría, la minoría y todo— a ese precio.
Eran palabras mayores. A pesar de su proverbial frialdad bajo cualquier circunstancia, lo mejor de Boston empezó a ponerse nervioso.
—En efecto —continuó el Conde de Montecristo de Filadelfia—, haré algo mejor que eso. Pensándolo bien, le daré 1.200 dólares por acción. Piénselo bien y nos reuniremos de nuevo mañana.
A Addicks le bastaron pocos días para negociar, pues en cada sesión la puesta en escena resultaba más tentadora y la llamada de sus socios en Londres, más imperiosa. Las dificultades menores se descartaban con magnificencia. Varios vástagos de las mejores familias de Boston ocupaban puestos bien remunerados en las distintas empresas; ¿qué haría el señor Addicks con ellos?
—Sencillo, sencillo —respondió—; duplique el tiempo de contrato y el salario; ningún favor para ellos ni para usted; los buenos hombres son muy difíciles de conseguir, ya sabe.
Un episodio ocurrido por entonces se permitió que saliera impreso cuando se estaban lanzando al mercado las acciones y los bonos, con el fin de mostrar qué clase de tipo formidable era Addicks.
En un coche de alquiler había llegado al club procedente de State Street. Una tormenta de nieve hacía estragos. Después de que Addicks hubiera estado en el club unos instantes, le llevaron el recado de que el cochero se había encontrado su abrigo de marta dentro del carruaje.
Addicks salió al vestíbulo para hablar con el cochero, y al día siguiente se supo en todo el club y en la "Calle" que el pródigo filadelfiano, abrumado al pensar en el desdichado cochero con su escasa ropa expuesto a la cruel tormenta, había dicho:
"Buen hombre, quédese ese abrigo como regalo mío."
Por la veracidad de la historia no respondo, ni tampoco por aquella otra que explica que el pinche que difundió este cuento de generosidad dijo después, al ser despedidó, que el propio Addicks le había contado lo que había hecho y que al mismo tiempo le había dado un billete de cinco dólares. Habría jurado el momento antes que había oído a Addicks decirle al cochero que llevara el abrigo a sus aposentos.
Addicks obtuvo aquello a lo que había venido a Boston: las compañías de gas de Boston, Roxbury y South Boston. Hizo lo que había prometido, construyó una nueva, la Bay State de Massachusetts, y las convirtió a todas en la Bay State de Delaware, y la Bay State de Delaware las arrojó sobre el público a cambio de los ahorros de este por un valor de 19.000.000 de dólares en forma de bonos y acciones. Addicks, para usar sus propias palabras, «se embolsó unos 7.000.000 de dólares» y pasó a nuevos campos, campos adecuados a su peculiar genio.
Al mirar a través de los Estados Unidos, no encontró más que una gran ciudad que aún no había sido capturada por la "Standard Oil" o alguno de sus discípulos: Brooklyn, N. Y.
Hasta el día de hoy, Rogers jura que la única razón por la cual Addicks vino a Brooklyn fue para chantajear la "trustificación" de la "Standard Oil". Addicks replica con: "Yo lo vi primero".
Cualesquiera que fuesen los hechos, en 1892 Rogers, en plena tarea de fichar a las diferentes compañías, se sorprendió y enfureció al descubrir que Addicks se le había adelantado y se había hecho con una de las necesarias para el éxito de su plan. Rápidamente le notificó al hombre de Delaware que se largara, y Addicks, envalentonado por una cadena ininterrumpida de victorias, devolvió sin demora la notificación con una variación de la frase favorita de Rogers garabateada en su anverso —pues debe recordarse que Addicks nunca dice palabrotas—: "Antes te veré en el cielo".
Si hay algún momento en el que Henry H. Rogers es más rápido de acción que en cualquier otro, es cuando su aviso de "largarse" en una operación bursátil ha sido respondido con "insolencia".
Apenas se había secado la tinta en la respuesta de Addicks cuando el amo de la «Standard Oil» y sus huestes se le vinieron encima, pero no donde el de Filadelfia los esperaba. Mientras aguardaba el ataque en Brooklyn, Nueva York, recibió una serie de llamadas urgentes de sus lugartenientes en Boston.
Rogers había comprado la insignificante Brookline Gas Company, que abastecía de gas a uno de los suburbios de Boston. Era un asunto de apenas 300 000 dólares, pero poseía derechos de estatuto para ingresar a todas y cada una de las calles de Boston.
Este fue un ataque característico de la «Standard Oil». Surgió de la nada y, antes de que el público tuviera siquiera una advertencia de ello, presenciaba una guerra que parecía haberse estado gestando durante años.
Rogers dejó que se hiciera público que todas las fuerzas de la "Standard Oil" se encargarían de aplastar a Addicks y que, de ser necesario, se gastarían millones incalculables en el empeño. En realidad, había trazado cuidadosamente una campaña ciclónica que, según creía, no requeriría un gasto superior a los 500.000 dólares, y que estaba seguro de que en pocos meses expulsaría a Addicks de Brooklyn, N. Y., y lo pondría de rodillas en Boston.
Su lucha comenzó en serio en 1894. El gas en Boston costaba 1,25 dólares por mil pies cúbicos, y dicha tarifa producía una buena ganancia para las empresas de Addicks.
Rogers advirtió que duplicaría con la compañía Brookline cada tubería de las diferentes empresas de Boston y reduciría el precio del gas a 1 dólar. Simultáneamente, atacó las acciones y los bonos de Addicks en el mercado y sus concesiones en la Legislatura, y le arrebató los contratos para abastecer de gas al municipio de Boston.
Durante un tiempo, Addicks contraatacó con fiereza. Luego, a medida que la lucha se hacía más encarnizada, abandonó Brooklyn y concentró todos sus recursos en repeler las feroces incursiones que Rogers estaba haciendo en Boston.
Por entonces, la disputa había adquirido tales proporciones y se había generado tanta animadversión que Rogers se negó a dejarse apaciguar por la rendición de Addicks en Brooklyn, y rehusó retirarse de Boston a menos que Addicks reembolsara todo el gasto de la «Standard Oil» y se arrodillara en público, una demanda que provocó una de las sonrisas sardónicas de Addicks.
Addicks had at this time additional difficulties to face. He had spread out his financial commitments, and now he found his stocks and bonds all declining. It was obvious to State and Wall streets that Rogers was in a fair way to drive the buccaneer from Philadelphia to the wall.
Es en esta etapa cuando entro en la historia.