# UNA RETROSPECTIVA Y UNA MORALIDAD
El crimen de Amalgamated y sus consecuencias inmediatas están ante mis lectores. He cumplido la promesa hecha en mi prefacio de exponer ante el pueblo de América la manera en que ha sido despojado y los métodos mediante los cuales el «Sistema» lo estafa habitualmente arrebatándole sus ahorros.
Un robo llevado a cabo a una escala tan gigantesca como la que he retratado debe necesariamente simular los procesos naturales de las finanzas, y comprender los profundos ardides de los conspiradores requiere un conocimiento de las prácticas bancarias y comerciales que el ciudadano común no tiene oportunidad de adquirir.
Si hubiera comenzado mi historia declarando exactamente en qué consistió el crimen de Amalgamated, mis lectores no habrían comprendido su enormidad. En los capítulos que he dedicado a conducir hasta él, se han educado en las prácticas piratas de las finanzas y los financieros, y han adquirido familiaridad con el juego de manos de las corporaciones y la multiplicación y división de certificados de acciones a través de los cuales se ha creado la mayoría de las grandes fortunas estadounidenses.
Dependiendo aún de la ignorancia de sus engañados incautos, el «Sistema» vuelve a alzar su descarado rostro de entre los juncos venenosos de Wall Street y sisea: «Escuchen lo que él llama un gran crimen: una simple transacción comercial. No es ningún crimen, sino una práctica común de las finanzas modernas y de ningún modo inusual o extraordinaria».
¿No es ningún delito arrebatar mediante un engaño a miles de personas treinta y seis millones de los frutos de la prosperidad de nuestro gran país?
Pensemos en lo que representa esta vasta suma: los ingresos del trabajo de un año de 36.000 hombres que ganan cada uno $1.000.
¡Pensad en ello, vosotros, millones que caváis, labráis y soportáis pesadas cargas para que vuestras madres, esposas e hijos tengan a cambio un bocado que comer y un jergón sobre el que dormir!
El crimen de la Amalgamated, tal como lo he explicado, constituye una infracción específica de las leyes bancarias del Estado y de la nación. Pero los aspectos legales del delito son insignificantes en comparación con el gran crimen moral que fue consumado por Henry H. Rogers y James Stillman en el National City Bank aquella noche de mayo de 1899. Mediante falsas representaciones, promesas falaces y el crédito de los nombres de «Standard Oil» y el National City Bank, miles de personas fueron seducidas para invertir sus ahorros en esta compañía Amalgamated Copper. Con la promesa de grandes ganancias, otros miles hipotecaron sus hogares, se apropiaron de los ahorros de sus esposas, e incluso de los fondos de sus empleadores, y se embarcaron en esta empresa de apariencia justa. El banco más grande de América secundó y fue cómplice de la conspiración mediante el préstamo de sus fondos para atraer a las víctimas más profundamente hacia las redes. Todos dentro, se detona la trampa; a los miles se les despoja de sus ahorros mediante los familiares artificios de las finanzas, y a lo largo y ancho del país se extiende una ola de miseria, locura y desesperación.
El crimen de Amalgamated, me escribe un corresponsal crítico, es puramente un delito de Wall Street, importante para banqueros y capitalistas, pero sin ninguna consecuencia para los trabajadores, los agricultores o los millones de esforzados que no tienen ahorros para invertir en acciones.
«¿Qué nos importa a nosotros», dice este escritor, «cómo una sección de los ricos le roba sus ahorros a otra?»
¡Pobre iluso! Unos pocos hombres no pueden privar ni siquiera a unos pocos miles de una suma tan cuantiosa como $36.000.000 sin causar un daño incalculable a todo el cuerpo social.
Una suma tan descomunal, saqueada de las arcas de la mayoría y amontonada en las bóvedas de tres o cuatro hombres, desequilibra toda la estructura económica de la nación.
Las consecuencias de ese acto no terminan en la serie de desfalcos y quiebras, encarcelamientos y suicidios, en los hogares arruinados y las carreras destruidas que ocurren inmediatamente después.
En las garras de estos saqueadores atrincherados en la ciudadela de las finanzas, cada uno de estos millones robados se convierte en una nueva arma de opresión.
Debido al crimen de Amalgamated, a cada libra de alimento que sirve para sustentar la vida del pueblo estadounidense, a cada tejuela de cada techo que cobija al pueblo estadounidense, a cada milla de transporte para personas o carga en América; de hecho, a cada necesidad y a cada lujo del pueblo estadounidense se le ha añadido en su costo algún incremento fraccionario que representa en conjunto decenas y decenas de millones anuales, los cuales, al fluir hacia las arcas del «Sistema», fortalecen y extienden su colosal dominio sobre la propiedad de la nación.
Nuestro país, durante una generación, ha sido próspero más allá de los sueños del hombre, pero ¿qué tienen las masas de nuestro pueblo para mostrar a cambio? Un nivel de vida mejor, más elevado y más costoso; eso es todo.
Que esta prosperidad, de la que presume nuestra nación, dure para siempre es increíble. Tarde o temprano llegará uno de esos momentos en los que la Naturaleza frunce el ceño y envía sus inundaciones, sus sequías y sus epidemias de enfermedades. ¿Está el pueblo estadounidense preparado por su prolongada prosperidad para superar ese período de escasez y sufrimiento?
La verdad es que la mayor parte de nuestra población no tiene suficientes ahorros acumulados como para sobrevivir a treinta días de un intervalo tan calamitoso. Todo el incremento no ganado de la prosperidad nacional lo ha captado y capitalizado el «Sistema».
No solo se ha privado al pueblo de las ganancias de su trabajo, sino que esta prosperidad capitalizada es el severo instrumento mediante el cual se imponen nuevas cargas sobre sus hombros y se exigen nuevos diezmos a sus salarios.
De no ser por el saqueador «Sistema», la gran masa de nuestro pueblo podría sentarse en sus tiendas a la sombra de sus cosechas recolectadas y reírse con desdén de los reveses de la fortuna. Ahora, digo, que Dios ampare a la nación cuando la Naturaleza, cansada de su gran obra, descanse, y el pueblo también se vea obligado a descansar; porque entonces llegará un despertar terrible.
Cuando los millones se enfrenten al hambre y se den cuenta por primera vez de que sus gigantescos graneros, llenos hasta rebosar con el excedente del pasado, son propiedad de unos pocos que ni siquiera pueden contar su contenido, y mucho menos usarlo; cuando comprendan que estos tesoros acaparados están tan lejos de su alcance hambriento como las violetas y las margaritas del alcance del galeote, entonces apreciarán cuán más profundos y malditos son los crímenes del «Sistema», crímenes como Amalgamated y otros similares, que incluso tragedias nacionales como los asesinatos de Lincoln, Garfield y McKinley, ante cada uno de los cuales todo el pueblo alzó las manos con horror.
¿Por qué los millones de estadounidenses inteligentes y capaces, que podrían aplastar a la tribu de los Rockefeller como los elefantes aplastan a las serpientes, se levantan con cada sol, cavan, hunden y sufren para que un Rogers se revuelque en la riqueza y un Armour obtenga mayores ingresos que los Rothschild?
¿Por qué se les engaña tan fácilmente haciéndoles imaginar que los detallados informes sobre la inmensa y creciente riqueza del país representan su propio bienestar y opulencia?
Porque los sabios del «Sistema» conocen la naturaleza humana, saben que la mayoría de los hombres y mujeres aceptan sin cuestionar las condiciones que encuentran a su alrededor. Cada día se martillea en las cabezas del pueblo a través de cien agencias que es el pueblo más grande y próspero, y que las leyes y costumbres que regulan sus vidas y derechos son las mejores del mundo entero.
¿Cómo sabrá el pueblo que estos rumores halagüeños, estas noticias propicias, no son más que los cantos de sirena del «Sistema» bajo cuyo hechizo se le despoja de sus ahorros?
Preguntaos, amigos míos, cuánto sabéis de esas cosas familiares que forman parte de vuestras vidas al igual que la luz del sol, la hierba y las flores: vuestra Biblia, vuestro dinero, vuestras cartas de juego.
Cada una es una institución tan consagrada por la costumbre que la aceptáis exactamente por lo que significó para vuestro padre, tal como él la recibió de su propio padre una generación atrás.
- Que el Libro Sagrado es el mensaje de Dios para Sus hijos, el género humano, lo sabemos porque tenemos las palabras de nuestros ancestros al respecto;
- la plata y el oro acuñados los damos por sentado tal como hacemos con los zapatos y la ropa, porque el dinero es un factor esencial en el tejido social y la forma en que llega a nosotros parece tan inevitable como la luna o nuestros diez dedos;
- la humanidad lleva cientos de años considerando que la sota tiene más valor que el diez y el as mayor valía que el resto de la baraja, porque se conforma con creer que las reglas que se han legado para asignar estos valores son las mejores que se pudieron idear.
Con otros cien elementos y detalles de nuestra vida diaria ocurre lo mismo: aceptamos sin raciocinio lo que se nos dice o lo que se nos da, sin mirar hacia adelante ni hacia atrás, y, ocupados con los mil juguetes y problemas nuevos que el Destino, el prestidigitador, saca de su chistera, quedamos atados por la costumbre y cegados por el precedente.
El amor que los hombres sienten por las fórmulas y las convenciones de su vida diaria es la oportunidad de saqueo del «Sistema», y es este principio fundamental de la humanidad el que hace que mi trabajo sea tan difícil.
Sería tan fácil convencer a las masas de que sus cartas de jugar están todas equivocadas y de que el as vale en realidad menos que el dos como lo es despertarlas ante los terrores de las condiciones que las aguardan; obligarlas a comprender que se está organizando entre ellas un despotismo de dólares; que las entrañables instituciones de generaciones son los instrumentos mediante los cuales unos cuantos intrigantes audaces están concentrando en sus propias manos el dinero de la nación, y que esta concentración no puede tener otro resultado que la abyecta esclavitud del pueblo estadounidense.
FIN DEL VOLUMEN