# LA CAMPAÑA DEL COBRE DA COMIENZO
Mis planes para la gran campaña del cobre fueron trazados cuidadosamente y luego presentados ante el Sr. Rogers y el Sr. Rockefeller, quienes, antes de aprobarlos, examinaron cada detalle de estos. Decidido el alcance formal de nuestra acción, se acordó que yo tendría total libertad para obrar a mi manera, y quedó entendido que, en la medida de lo posible, llevaría la campaña sobre mis propios hombros, utilizando al límite mi capital y mi crédito personales.
"Coppers" iba a ser, en apariencia, una operación de Lawson, y yo estaba decidido, por muchas razones, a valerme de la ayuda de la "Standard Oil" únicamente para gestionar las transacciones concluidas y en ningún caso para las negociaciones preliminares.
Esto no siempre fue posible, pero mi actitud al respecto y mi deseo de ofrecer un resultado brillante explican los apuros por los que a veces pasé al llevar a cabo algunas de mis operaciones. Desde el principio tuve un gran interés personal en el éxito de mi campaña, pues en el momento en que le enseñé mis cartas por primera vez al Sr. Rogers, yo poseía 46 000 acciones de Butte & Boston, y mis seguidores entre el público poseían otras tantas. Habían acordado que las ganancias de estas acciones, cuando fueran incorporadas a la consolidación, serían enteramente mías como pago por mi propio trabajo y riesgo.
Había otra transacción que tenía en mente que también me correspondía legítimamente. Como ya he indicado, me había comprometido a colocar acciones de la Bay State Gas, y para entonces había logrado colocar un gran número de ellas. Los ingresos, 2.300.000 dólares, se encontraban en la tesorería de la compañía.
Ahora bien, los estatutos de la compañía de Addicks le permitían comprar, vender y comerciar con todo y con nada, y vi aquí una buena oportunidad para permitir que Bay State ganara el resto del dinero necesario para liquidar su deuda con el Sr. Rogers —entre cuatro y seis millones de dólares—.
Así pues, le expliqué al Sr. Rogers que tan pronto como nuestro negocio del cobre hubiera avanzado hasta un punto en el que no hubiera absolutamente ningún riesgo y se garantizara una gran ganancia, cerraría un trato con Bay State por el cual, a cambio de una parte de las beneficios, guiaría la inversión del efectivo de la compañía en Butte & Boston. Él consideró justa esta propuesta y acordó que ni él ni el Sr. Rockefeller se considerarían "dentro" de dicho trato, salvo en la medida en que se beneficiaran indirectamente de él a través de la conclusión exitosa de sus inversiones en el gas de Boston.
Es imposible que en el mercado de valores se inicie un gran movimiento sin que algún rumor flote en el aire advirtiendo a "la Bolsa"1 que "se trae algo entre manos".
Poco después de que mi alianza con Rogers se hubiera acordado formalmente, el ambiente de State Street se densificó con rumores sobre "Coppers". Algunos de estos anunciaban que me había asociado con la "Standard Oil"; otros lo negaban; entre todos ellos se generó un movimiento, y las acciones principales cobraron mucha actividad y aumentaron rápidamente de precio.
Habíamos acordado que las primeras empresas en entrar en nuestra consolidación debían ser Butte & Boston, Boston & Montana, Calumet & Hecla, Osceola, Quincy, Tamarack y cualquier otra de las propiedades de larga trayectoria de las que pudiéramos apoderarnos.
Sabíamos que sería difícil comprar el control de la Calumet & Hecla, pues sus propietarios tenían una opinión demasiado alta de su inversión como para desprenderse de ella, pero era seguro comprar todo lo que se ofreciera, y si acumulábamos menos de una mayoría de las acciones, podíamos revenderlas fácilmente con un gran beneficio.
Comencé mi operación con acciones de Boston & Montana, comprando con cautela y obteniéndolas a precios justos, y esta transacción, aunque realizada discretamente, añadió más leña al fuego de los rumores. Finalmente, Boston se alborotó tanto por la situación que emití una declaración pública en la que mostré francamente lo que estaba intentando hacer.
Sin embargo, en todos los asuntos de esta índole, las explicaciones de cualquier hombre conocido en su ámbito como especulador o manipulador bursátil nunca se aceptan como ciertas. Se da por sentado que tales anuncios son meras cortinas de humo para disimular su verdadero propósito; que son fintas o maniobras dentro de su campaña.
Así pues, cuando declaré que estaba elaborando planes para la consolidación de todas las buenas "Coperas" de Boston, y que se asociaban conmigo los capitalistas más fuertes del mundo, se alzó una carcajada por buena parte de "la Calle".
Las agencias de noticias a sueldo clamaron contra mi presunción y lo absurdo de mi combinación, y cuando, tras una intensa jornada de operaciones, la prensa financiera me citó diciendo a mis seguidores que era dinero de «Standard Oil» el que iba a respaldar a «Coppers», Barron, cuyo servicio de noticias moldeaba la opinión de los magnates del cobre rivales, publicó un comunicado:
Lawson está difundiendo, a su peculiar manera clandestina, que el grupo de la Standard Oil está investigando a Coppers. Los suficientes paisanos se tragaron sus cuentos como para permitirle subir los precios más de seis puntos hoy, pero para mañana, cuando los Rockefeller o los Rogers de la Standard Oil pongan fin a sus transparentes mentiras, quienes fueron lo suficientemente necios como para escuchar sus ridículas falsificaciones descubrirán que deben vender con pérdidas. Podemos afirmar, basándonos en una alta autoridad de la Standard Oil, que nunca han comprado ni contemplan comprar una sola acción de ninguna empresa de cobre.
Mis enemigos eran numerosos y poderosos, y había muchos otros anuncios de la misma índole que el de Barron que tendían a ridiculizar mi movimiento y a exponerme como un falsificador.
En verdad, a pesar de los méritos del plan y del beneficio que debía reportar a todas las propiedades de cobre, fui atacado con tanta fiereza como si hubiera abogado por la anarquía o hubiera preparado un plan de pillaje generalizado.
En los asuntos bursátiles, las innovaciones se resienten y se combaten aún más ferozmente que en otros ámbitos de la vida, y el grupo financiero de Boston me combatió con uñas y dientes.
Los títulos que adquirí en aquellos días fueron variados y desconcertantes. Para unos era un «charlatan», «mago», «faquir», un «manipulador sin principios»; para otros era un «rey del cobre» o un «príncipe de los especuladores».
Los ánimos estaban muy encrespados, y los precios subían y bajaban de la manera más errática y extravagante. Ciertas acciones avanzaban o retrocedían de cinco a diez puntos en sendas horas o minutos. Se hacían y perdían fortunas a diario. Mucha gente, confundida por el conflicto de opiniones y anuncios, vendía sus participaciones, solo para recomprarlas a precios más altos a medida que las cotizaciones seguían subiendo.
Con tal fiereza fui atacado que por momentos casi parecía que mis enemigos habrían de prevalecer a pesar de los grandes poderes que me respaldaban.
En verdad, hubo momentos tensos en que mi destino, así como mis planes, pendieron de un hilo. Varias veces fui mandado a llamar por Rogers y sus colegas para un consejo de guerra, y a veces, mientras detallaba mis líneas de defensa y enumeraba mis recursos, sospechaba que incluso estos guerreros curtidos en mil batallas se estaban cansando de la lucha.
Los combates más feroces de aquel período inicial se centraron en torno a Butte & Boston y Boston & Montana. Libramos más de un combate animado en el parqué de la Bolsa. Quizás el más feroz de ellos comenzó cuando, tras una carrera intensa una mañana, subí rápidamente el precio de Butte.
Esta hazaña enfureció tanto a mis adversarios que se unieron y organizaron una poderosa coalición en mi contra.
- Esto incluyó a varios de los principales bancos y compañías fiduciarias de Boston que retenían grandes cantidades de acciones como garantía de mis préstamos.
- Se dispuso que, en un momento dado, todos estos préstamos, que sumaban millones de dólares, fuesen exigidos de pago; y, para intensificar aún más la complicación que esperaban provocar, un gran amigo en común intentó asustar al señor Rockefeller y al señor Rogers informándoles que los títulos de las propiedades cupríferas eran defectuosos, y que un hombre, entonces desconocido, llamado Heinze, que se había vuelto muy influyente en los tribunales de Montana, estaba a punto de dar un paso para confiscarlas.
Recibí una llamada urgente desde Nueva York y, en esta ocasión, las explicaciones debieron ser muy completas, pues la «Standard Oil» tenía la impresión de que, si bien mi plan general podía ser meritorio, era posible que tuviera los detalles «distorsionados».
Sin embargo, los convencí en cuanto a los hechos y luego regresé a toda prisa para hacerme cargo de mi propio problema, ya que estos compromisos individuales los manejaba yo mismo, utilizando mis propios recursos personales para atenderlos. La emergencia que se había presentado de forma tan repentina era tan grave como para resultar alarmante, y recaía sobre mí la obligación de actuar, y de inmediato.
Los golpes en las finanzas son como los del mar: los más peligrosos son los de tipo fugaz. Recordé uno con el que me había topado poco antes en mi yate de vela.
Navegábamos con un largo por la costa de Nueva Inglaterra, muy cerca de la orilla, con un suroesteña de 20 nudos soplando. De repente, sin razón aparente, mi patrón metió la caña a la vía y detuvo la embarcación en seco. Un segundo después, un "tornado" procedente de las colinas nos azotó, y con habilidad él la dirigió hacia este.
—¿Cómo diablos sabías que eso iba a pasar? —le pregunté.
—La olfateé, señor —respondió el viejo lobo de mar—, simplemente la olfateé.
Para aquellos que no están familiarizados con las extrañas costumbres de los vientos de nuestra costa de Nueva Inglaterra, cabe explicar que cuando un «tornado» procedente de las colinas se dispone a entrar en acción en medio de un suroesteño de veinte nudos, no envía ningún recadero por delante para repartir folletos con su itinerario.
Uno oye un chillido y el vendaval se le viene encima; y ay del capitán imprudente que intente mantener su embarcación en el rumbo o sacarla de él hasta recibirlo de lleno. Es probable que deje parientes de luto en casa si es un hombre casado, y propietarios maldiciendo si la embarcación no es suya.
Como mi viejo lobo de mar observó sabiamente después:
«Cuando huelas un "tornado" de tierra, actúa primero y piensa después, o a tu viuda se le pondrán los ojos llorosos de tanto esperarte a puerto».
En la bolsa de valores fue decididamente un caso de «actuar primero y pensar después». El «ciclón» fue feroz, pues no solo fueron atacados mis valores, sino que las máquinas de rumores estaban produciendo todo tipo de patrañas que afectaban a mi crédito, a medida que la noticia se iba filtrando gradualmente por el mercado de que mis préstamos habían sido reclamados. Mis acciones sufrieron una fuerte caída y, cuando el mercado cerró, realmente parecía como si fuera a tener que verificar el rumor de que me liquidarían al día siguiente.
Fue en esta fase concreta cuando se dio entrada en el negocio a la Bay State. Esa noche mantuve una larga consulta con Addicks y le mostré mis cartas. Coincidió en que, con lo que yo ya tenía de las acciones y el respaldo de la «Standard Oil», la empresa rozaba la seguridad absoluta, tanto como pudiera encontrarse jamás en el mercado de valores.
Mi propuesta era que yo conseguiría para la Bay State Company 50.000 acciones de Butte a un promedio de 20 a 25, y que me correspondería la mitad de los beneficios de la empresa siempre y cuando estos superaran los dos millones de dólares. Acudir a Addicks en aquella situación de emergencia fue por mi parte un negocio de sangre fría y, huelga decirlo, de sangre congelada por la suya, pues es evidente que ya vio entonces lo que yo no vería hasta más tarde: que se presentaba una ocasión magnífica para practicar su juego favorito: ganar dinero y traicionar a su socio en el proceso.
Cerramos el trato esa noche y al día siguiente di la vuelta a la tortilla en el mercado, pues compré hasta la última acción que mis oponentes pusieron a la venta; y la acción, lejos de venirse abajo, se afianzó, empezó a subir y ya nunca volvió a caer.
La empresa del estado de la Bahía arrojó después una ganancia de cuatro millones de dólares, pero de mi parte de esta cuantía me vi privado, como detallaré más adelante.
En esta coyuntura se produjo una de esas extrañas y tristes fatalidades que, con las circunstancias que la acompañan, ayudan a explicar por qué aquellos de nosotros que jugamos con el mercado de valores nos volvíamos supersticiosos.
He hablado de mi secretario, el señor Vinal, un hombre de admirable discreción y absoluta lealtad, que era mi mano derecha en la ejecución de los pormenores de las diversas operaciones en las que entonces andaba metido. En tales asuntos, la fidelidad de los ayudantes debe estar fuera de toda duda, pues si el más mínimo detalle de los planes de uno se filtra en el momento crítico, uno está irremediablemente arruinado.
Después de mi charla con Addicks, había trazado la campaña para el enfrentamiento del día siguiente y llamado a Vinal para explicarle su propio papel. Él debía encargarse de asumir y transferir los préstamos que habían sido requeridos, y lo armé con mi poder legal y cheques en blanco, instruyéndolo para que llevara a cabo estos asuntos sin más consulta conmigo, pues todo mi tiempo debía pertenecer a mis corredores durante la batalla de precios que sabía que estallaría inevitablemente al sonar la campana que abría la Bolsa a las diez de la mañana siguiente, y que duraría hasta su cierre a las tres.
Tal como había previsto, el ataque fue feroz. Fue un dar y recibir, cargar y retroceder, durante todo el día. Pocos minutos después de las doce, Vinal se abrió paso entre una multitud de corredores hacia mí y me dijo:
«Estoy a mitad de mis gestiones, pero acaba de llegar una llamada telefónica de la señora Lawson diciendo que ha ocurrido algo en el colegio y que si puedo tomar un coche de caballos de inmediato y traer a sus hijas a casa. Me tomará media hora. ¿Debo ir?».
Respondí:
«Será mejor que vayas, pero regresa lo antes posible».
Un minuto después se me ocurrió algo, y envié a un muchacho a llamar a Vinal de vuelta. Este le informó que mi secretario se había subido al coche de "Ben" («Ben» era un cochero cuya parada había estado frente a mi oficina, en el número 33 de State Street, desde los días de mi infancia). Volví a la lucha.
Quince minutos después, el espantoso mensaje que sacudió a todo Boston en ese momento apareció en la cinta del teletipo:
«¡Terrible explosión! Las tuberías de la Boston Gas Company en el metro han matado a decenas de personas».
Luego me llegó un rumor, vago, impreciso, de que Vinal era una de las víctimas. Me subí a un coche y en pocos momentos llegué a la funeraria a cuyo local estaban trasladando los cadáveres. El funebrero se me acercó y me dijo:
«¡Pobre Vinal! No lo mire, porque es espantoso. Estaba justo en el epicentro de la explosión, y él y "Ben" murieron instantáneamente y están horriblemente quemados. Lo único reconocible es este sobre, que encontré entre los harapos que quedaban de su abrigo».
Me entregó el gran sobre en el que había visto a Vinal esa misma mañana depositando los diversos documentos, cheques y valores que necesitaba para sus operaciones del día. Estaba quemado por los bordes, pero el contenido estaba intacto, y entre los papeles había un memorándum cuidadosamente preparado que mostraba con absoluta precisión en qué punto había dejado mi secretario sus transacciones. Evidentemente acababa de terminar de hacer las notas, pues el contenido del sobre estaba dispuesto de tal forma que lo único necesario para completar la tarea era entregárselo al asistente de Vinal. No se requería ninguna otra explicación. Ese sobre representaba dos millones en dinero y valores.
¡Pobre Vinal! Otra víctima de esa arpía de corporación sin alma, la Boston Gas, para prolongar cuya existencia él había gastado algunos de los mejores años de la suya propia.
Vinal era muy querido para mí. Me había llenado la cantina, sostenido la munición y cargado la mochila a través de muchas batallas reñidas, permitiendo de buena gana que otros vitorearan en la victoria, pero reservándose para sí el derecho de sugerir y consolar cuando las nubes se oscurecían y nos quedábamos solos en el campo de la derrota o en el polvoriento camino de la retirada.
¡Pobre Vinal! Valía por cien negocios de cobre o arpías corporativas.
Entre la muerte y la vida, el éxito y el fracaso, ¡qué delgado es al fin y al cabo el margen!
Si Vinal hubiera tropezado, o hubiera podido tomar el primer carruaje que encontró; si hubiera oído mi llamada que lo habría hecho volver; si se hubiera detenido un momento más en la Asociación Cristiana de Jóvenes, donde se había detenido a entregar un recado, se habría salvado.
El pensamiento no se me ocurrió en el momento, pues la muerte de Vinal era un dolor personal demasiado agudo como para permitirme calcular mi propio y estrecho margen de salvación, pero si aquel sobre, milagrosamente conservado, se hubiera quemado como los otros papeles del bolsillo de mi secretario, tal vez no habría existido la Amalgamated. Las acciones de «Coppers» habrían tenido que descender al humilde lugar del que Rogers las había sacado, pues yo me habría arruinado financieramente.
Para mostrar las maravillosas obras de Aquel que templa el viento para el cordero esquilado:
En el mismo momento en que me llamaron para alejarme de mis cañones, el general en jefe de las fuerzas contrarias recibió el mismo llamado.
La anciana madre del presidente de la Boston & Montana y la Butte & Boston, mientras paseaba en su cocheza, había sido víctima de la misma explosión.