Un Frankëlin había en esta compaña; Blanca su barba, como es la margarita.
De su complexión era sanguíneo. Muy bien amaba por la mañana una sopa en vino. Vivir en deleite era siempre su costumbre, Pues era hijo legítimo de Epicuro, Que sostenía la opinión de que el deleite pleno Era verdaderamente la felicidad perfecta.
Dueño de casa, y grande, era él; San Julian era en su contornada. Su pan, su cerveza, eran siempre de la misma calidad; Un hombre mejor abastecido de vino no había en parte alguna; Jamás faltaba en su casa la carne empanada, De pescado y de carne, y tan abundante, Que nevaba en su casa de carne y bebida, De todas las delicias que uno pudiera pensar.
Según las diversas estaciones del año, Así cambiaba su comida y su cena. Muy1 muchas perdices gordas tenía en su jaula, Y muchos peces y muchos lucios en su vivero. ¡Ay del cocinero si su salsa no era Pungente y picante, y listo todo su aparejo!
Su mesa fija en el gran salón siempre Estaba lista y servida todo el largo día. En las sesiones él era señor y dueño. Muy a menudo era caballero del condado. Un puñal corto, y una bolsa de seda entera, Colgaban de su cinto, blanco como leche matutina. Alguacil había sido y juez de cuentas. No había en parte alguna un valioso vavasor tal.
Un Mercero y un Carpintero, Un Texedor, un Tintorero y un Tapicero, Iban con nos otros también, vestidos con la misma librea, De una solemne y gran cofradía. Bien frescos y nuevos sus aparejos y escogidos eran. Sus cuchillos no guarnecidos con latón estaban, Sino todos con plata labrados limpia y primorosamente, Sus cinturones y sus bolsas cada parte. Bien parecía cada uno de ellos un honrado burgués, Para sentarse en una sala de gremio, en el estrado. Cada uno, por la sabiduría que posee, Era apto para ser concejal. Pues bienes tenían ellos suficientes y rentas, Y también sus esposas lo habrían asentido bien: Y si no,