semblante, punto por punto; ni porque exprese sus palabras con propiedad. Pues esto lo sabéis todos tan bien como yo, quienquiera que cuente una historia tras otro hombre, debe repetir, tan fielmente como pueda, cada palabra, si está a su cargo, aunque hable este jamás tan grosera y libremente; o si no, ha de relatar su cuento falsamente, o fingir cosas, o inventar palabras nuevas. No puede escatimar, aunque fuera su hermano; ha de decir una palabra tan bien como otra. Cristo mismo habló muy sin tapujos en la Sagrada Escritura, y bien sabéis que no hay en ello grosería alguna. También dice Platón, quien sepa leerlo, que las palabras han de ser primas de los hechos. Asimismo os ruego que me lo perdonéis, aunque no haya colocado a la gente según su rango, aquí en este cuento, tal como habrían de estar: mi entendimiento es escaso, bien podéis comprender.
Gran alegría nos hizo nuestro Hostalero a todos, Y a la cena nos sentó al punto; Y nos sirvió manjares de los mejores. Fuerte era el vino, y bien nos plugo beber. Un hombre apuesto era además nuestro Hostalero Para haber sido maestresala en un gran salón. Un hombre fornido era, de ojos vivos, Burgués más florido no lo hay en Cheap: Audaz en su palabra, prudente y bien educado, Y de hombría no le faltaba nada en absoluto. Además era un hombre muy alegre, Y después de cenar comenzó a divertirse, Y habló de regocijo entre otras cosas, Una vez que hubimos hecho nuestras cuentas; Y dijo así: “Ahora, señores, en verdad Sois para mí bienvenidos muy cordialmente: Pues a fe mía, si no he de mentir, No vi en todo este año semejante compañía Reunida en esta posada, como lo está ahora. De buena gana os divertiría, si supiera cómo.