Y le devolvió al cura todo el oro, Cosa que alegró al cura
—Ciertamente —dijo—, no me molesta en absoluto prestarle a un hombre un noble, o dos, o tres, o cualquier cosa que esté en mi posesión, cuando él es de tan leal condición que de ningún modo quebrantará su plazo; a un hombre así jamás puedo decirle no.
—¿Qué —dijo este canónico—, habría de ser yo infiel? No, eso sería cosa sucedida de nuevo. La verdad es algo que guardaré por siempre, hasta el día en que haya de arrastrarme a mi tumba; y si no, que Dios me lo prohíba; creed esto tan cierto como vuestro credo. A Dios doy gracias, y dígaseme en buen hora, de que jamás ha habido hombre insatisfecho por oro ni plata que me haya prestado, ni jamás falsedad en mi corazón abrigué. Y señor —dijo—, ahora de mi secreto, ya que habéis sido tan bondadoso conmigo, y me habéis mostrado tan grande gentileza, algo, para corresponder a vuestra amabilidad, os mostraré, y si os place aprender, os enseñaré claramente el modo de cómo sé obrar en filosofía. Prestad mucha atención, bien veréis con vuestros ojos que haré una maestría antes de marcharme.
—Sí —dijo el cura—; sí, señor, ¿y queréis hacerlo? ¡Vírgen! ¡De ello os ruego cordialmente!
—A vuestro mandamiento, señor, verdaderamente — dijo el canónico—, y si no, que Dios me lo prohíba.
¡Mirad cómo este ladrón sabía ofrecer sus servicios!