De semejante materia hizo muchos cantos, Canciones, quejas, rondeles, virelays; Cómo no osaba decir su dolor, Sino que languidecía, como hace una Furia en el infierno; Y morir debía, decía, como hizo Eco Por Narciso, que no osó contar su pena. De otra manera que la que me oís decir, No osó él a ella su pena revelar, Salvo que por ventura a veces en los bailes, Donde la gente joven guarda sus observancias, Bien puede ser que la mirara al rostro De tal manera, como hombre que pide merced, Mas nada sabía ella de su intención. No obstante sucedió que, antes de que de allí se fuesen, Debido a que él era su vecino, Y era un hombre de respeto y honor, Y ella lo había conocido desde tiempo atrás, Cayeron en conversación, y más y más adelante Hacia su propósito se inclinó Aurelius; Y cuando vio su momento, dijo así: “Señora —dijo—, por Dios que hizo este mundo, Tan cierto como sé que podría alegrar vuestro corazón, Quisiera que el día en que vuestro Arviragus Cruzó el mar, yo, Aurelius, Me hubiese ido a donde jamás volviera; Pues bien sé que mi servicio es en vano. Mi galardón no es más que el estallido de mi corazón. Señora, apiadaos del dolor de mi pena, Pues con una palabra podéis matarme o salvarme. Aquí a vuestros pies quisiera Dios que yo estuviera sepultado. Ya no tengo más tiempo para hablar: Tened piedad, dulzura, o haréis que muera.”
She gan to look upon Aurelius; “Is this your will,” quoth she, “and say ye thus? Ne’er erst,” quoth she, “I wistë what ye meant: But now, Aurelius, I know your intent. By thilkë God that gave me soul and life, Never shall I be an untruë wife In word nor work, as far as I have wit; I will be his to whom that I am knit; Take this for final answer as of me.”