Cuando la señora Prudencia hubo oído la respuesta de estos hombres, les mandó que se fueran de nuevo en secreto, y ella regresó junto a su señor Melibeo, y le contó cómo había hallado a sus adversarios llenos de arrepentimiento, reconociendo con gran humildad sus pecados y ofensas, y cómo estaban dispuestos a sufrir cualquier pena, suplicándole y rogándole misericordia y piedad.
Entonces dijo Melibeo: «Bien digno es de tener perdón y remisión de su pecado aquel que no excusa su pecado, sino que lo reconoce y se arrepiente, pidiendo indulgencia. Pues dice Séneca: “Hay remisión y perdón allí donde hay confesión, pues la confesión es vecina de la inocencia”. Y por tanto, consiento y me confirmo en hacer las paces, pero es bueno que no hagamos nada sin el asentimiento y la voluntad de nuestros amigos».
Entonces se alegró mucho y con gran gozo Prudencia, y dijo: «Ciertamente, señor, estáis bien y prudentemente aconsejado; pues así como por el consejo, el asentimiento y la ayuda de vuestros amigos habéis sido incitados a vengaros y a hacer la guerra, así también sin su consejo no os aveniréis ni haréis las paces con vuestros adversarios. Pues dice la ley: “No hay nada tan natural en su modo de ser como que una cosa sea desatada por aquel que la ató”».
Y luego Melibea, sin dilación ni tardanza, envió incontinenti a sus mensajeros por sus parientes y por sus viejos amigos, que eran leales y sabios; y les contó por orden, en presencia de Melibeo, todo este asunto, tal como arriba queda expresado y declarado; y les rogó que quisieran dar su parecer y consejo sobre qué era lo mejor que se debía hacer en esta necesidad.