Un mancebo llamado Melibeo, poderoso y rico, engendró en su esposa, que se llamaba Prudencia, una hija que se llamaba Sofía.
Aconteció un día que él, para su esparcimiento, se fue a los campos a holgar. A su mujer y asimismo a su hija las dejó dentro de su casa, cuyas puertas estaban bien cerradas. Tres de sus antiguos enemigos lo divisaron, y arrimaron escaleras a los muros de su casa, y por las ventanas entraron, y apalearon a su mujer, y hirieron a su hija con cinco heridas mortales, en cinco diversos lugares; a saber: en los pies, en las manos, en las orejas, en la nariz y en la boca; y la dieron por muerta, y se fueron.
Cuando Melibeo hubo regresado a su casa y vio toda esta desgracia, él, como hombre enloquecido, rasgando sus vestiduras, comenzó a llorar y a gritar. Prudencia, su esposa, hasta donde se atrevió, le suplicó que pusiera fin a su llanto; mas, con todo y con eso, él comenzó a llorar y a gritar cada vez más.
Esta noble esposa Prudencia se acordó de la sentencia de Ovidio, en su libro que se llama el Remedio de amor, donde dice: > Necio es quien estorba a la madre llorar en la muerte de su hijo, hasta que haya llorado a su sabor, por un cierto tiempo; y entonces debe el hombre esforzarse con palabras amables para reconfortarla y rogarle que cese su llanto. Por cuya razón esta noble esposa Prudencia dejó a su marido llorar y gritar por un cierto espacio; y cuando vio su momento, le habló de esta manera: «¡Ay, señor mío —dijo ella—, por qué os hacéis parecer a un necio? En verdad no le atañe a un hombre sabio hacer semejante congoja. Vuestra