¿Sabéis dónde hay una pequeña villa que por nombre tiene Bob-up-and-down, bajo el monte Blee, rumbo a Canterbury?
Allí se puso nuestro Hostalero a bromear y jugar, y dijo: «Señores, ¡vaya! Dun está en el lodo. ¿No hay ningún hombre, ni por ruego ni por paga, que despierte a nuestro compañero de atrás? Un ladrón bien fácilmente podría robarle y atarle.
Mirad cómo cabecea, mirad, por los huesos de Dios, como si fuera a caerse del caballo de un golpe. ¿Es ese un cocinero de Londres, mal rayo lo parta? Hacedlo venir adelante, él conoce su penitencia; pues nos contará un cuento, ¡a fe mía!, aunque no valga ni un haz de heno.
Despierta, tú, Cocinero —dijo—; ¡que Dios te dé tormento! ¿Qué te aflige para dormirte de mañana? ¿Has tenido pulgas toda la noche, o estás borracho? ¿O has trabajado toda la noche con alguna fulana, de modo que no puedes sostener la cabeza?».
El Cocinero, que estaba muy pálido y nada rojo, Le dijo al Hostalero: «Así Dios bendiga mi alma, Pues ha caído sobre mí tal pesadez, Que no sé por qué, me valdría más dormir Que el mejor galón de vino que hay en Cheap». «Bien», dijo el Despensero, «si esto puede aliviar A ti, señor Cocinero, y no disgustar a nadie De los que aquí cabalgan en esta compañía, Y si nuestro Hostalero quiere, por su cortesía, Yo te eximiré por ahora de contar tu cuento; Pues en buena fe tu rostro está muy pálido: Tus ojos deslumbran, en verdad según me parece, Y bien sé que tu aliento huele muy agrio, Lo que bien muestra que no estás bien dispuesto; De mí, a buen seguro, no serás lisonjeado.