Señores, hay en Yorkshire, según creo, un país pantanoso llamado Holderness, en el cual andaba un fraile limosnero predicando y mendigando, no hay duda de ello.
Y así sucedió que en un día este fraile había predicado en una iglesia a su manera, y en especial, por encima de todo, excitó a la gente en su prédica a los trentarios, y a dar, por el amor de Dios, con lo que los hombres pudieran hacer casas santas, allí donde el servicio divino es honrado, no allí donde es desperdiciado y devorado, ni donde no es necesario darlo, como a los frailes con propiedades, que pueden vivir, gracias a Dios, en riqueza y abundancia.
«Los trentarios —dijo—, libran de penitencia las almas de sus amigos, tanto viejos como jóvenes, sí, cuando son cantados con presteza; no para mantener a un sacerdote alegre y garboso, él no canta sino una misa al día. Liberad pronto —dijo— las almas. Muy duro es, con garfio o con ganchos ser arañado, o arder u hornearse: daos prisa ahora, por el amor de Cristo».
Y cuando este fraile hubo dicho todo su intento, Con qui cum patre emprendió su camino y partió al viento, Cuando la gente en la iglesia le hubo dado lo que plugo; Se fue por su camino, no descansó un minuto, Con morral y bastón con punta, la saya alzada: En cada casa empezó a escrudiñar y con la mirada, Y pedía harina y queso, o si no, grano.
Su compañero traía un bastonón con casquillo de cuerno, un par de tablillas todas de marfil, y un punzón primorosamente pulido, y escribía siempre los nombres, mientras estaba de pie, de toda la gente que les daba algún presente, como si fuera a rezar por ellos. «Dadnos un celemín de trigo, de cebada o de centeno, un panecillo de Dios, o un trozo de queso,