Y a cada hostelero y alegre tabernera, mejor que a un leproso o a una pordiosera, pues a un hombre tan digno como era él no le conviene, por su alto nivel, tratar con leprosos de tal condición. No es honroso ni reporta ningún provechón tratar con semejante chusma y gentuza, sino con ricos y vendedores de vianda en abundancia.
Y sobre todo, donde lucro hubiera, cortés era y de baja servidumbre; no había en parte hombre de tanta virtud. Era el mejor mendigo de toda su casa: y pagaba cierta renta por la concesión, para que ninguno de sus hermanos merodeara por su zona. Pues aunque una viuda no tuviera más que un zapato, tan ameno era su In principio, que aun así lograba un cuarto de penique antes de marchar; sus ganancias superaban con creces su tributo.
Y rabiar bien podía y retozar como un cachorro, en los días de amor; allí prestar gran ayuda podía. Pues no era allí como un fraile de claustro, de capa raída, cual pobre estudiante, sino que parecía un maestro o un papa. De estameña doble era su capa corta, que redonda era cual campana recién salida del molde. Un tanto ceceaba por coquetería, para hacer su inglés dulce en su lengua; y al tocar el arpa, cuando hubo cantado, sus ojos le brillaban de veras en la cabeza, como lo hacen las estrellas en una noche helada. Este digno fraile mendicante se llamaba Hubérd.
Un Mercader había con barba ahorquillada, De abigarrados paños, y alto en su potro iba, Y un sombrero flamenco de castor ceñía. Sus botas bien prendidas y con gran finura. Sus razones hablaba siempre con cordura, Preggonando doquiera de su lucro el alza. Quería que el mar se guardara a toda balza Entre Middleburg y la ribera de Orewell. Muy bien sabía escudos vender en trueque aquél. Este hombre digno muy bien su ingenio usaba; Nadie jamás supo que en deudas andaba, Tan majestuoso era en su gobierno Con sus tratos, con su negocio moderno. A fe mía que un hombre digno era en verdad, Mas, a decir verdad, no sé cómo se llamad.