Mirad cómo bosteza, ved, este tipo borracho, Como si quisiera tragarnos ahora mismo. Cierra bien la boca, hombre, ¡por el linaje de tu padre!; ¡Que el diablo del infierno ponga su pie en ella! Tu maldito aliento nos infectará a todos: ¡Puaj!, cerdo apestoso, ¡puaj!, ¡mal fin te caiga! ¡Ah!, prestad atención, señores, a este apuesto varón. Ahora, dulce señor, ¿queréis justar en la veleta? Para ello, me parece, estáis bien formado. Creo que habéis bebido vino de simio, Y eso es cuando la gente juega con una paja».
Y con aqueste cuento el Cocinero enojóse, y al Mayordomo se puso a cabecear con prisa por falta de habla; y de su caballo a tierra se deslizó, y allí quedó tendido hasta que lo levantaron. ¡Buena cabalgada esta de un cocinero!: ¡Ay, que debiera haberse atengo a su cucharón! Y antes de que estuviese de nuevo en la silla hubo grandes empujones de ida y vuelta para alzarlo, y mucha pena y zozobra, tan torpe era este infeliz fantoche pálido.
Y al Mayordomo habló entonces nuestro Hostalero:
«Pues que la bebida tiene dominación sobre este hombre, por mi salvación, creo que torpemente contará su cuento. Pues ya sea vino, o añeja o turbia ale lo que ha bebido, habla gangoso, y estornuda sin parar, y además tiene catarro. Y aun tiene más que harto con mantener su penco fuera del lodo; y si de nuevo cayera de su penco, entonces todos tendremos bastante que hacer en levantar su pesado cuerpo borracho. Sigue con tu cuento, de él no hago caso. Mas con todo, Mayordomo, a fe que eres imprudente al reprocharle así en público su vicio; otro día él tal vez te reclamará y te traerá al anzuelo; quiero decir que hablará de pequeñeces, como el poner reparos a tus cuentas, lo cual no sería honrado, si llegara a probarse».