pecado consiguiente, y asimismo puesto que todas las buenas obras que los hombres hacen mientras están en pecado mortal son totalmente muertas en cuanto a tener la vida perdurable, bien puede aquel hombre que ninguna buena obra hace cantar aquella nueva canción francesa: J’ai tout perdu—mon temps et mon labour. Pues ciertamente el pecado despoja al hombre tanto de la bondad de la naturaleza como también de la bondad de la gracia. Pues a decir verdad la gracia del Espíritu Santo obra a la manera del fuego, que no puede estar inactivo; pues el fuego fenece tan pronto como abandona su labor, y asimismo la gracia fenece tan pronto como abandona su labor. Pierde entonces el hombre pecador la bondad de la gloria, que solo está prometida a los hombres buenos que labran y trabajan. Bien puede estar apesadumbrado entonces aquel que debe toda su vida a Dios, tanto cuanto ha vivido como cuanto vivirá, por no tener bondad con la que pagar su deuda a Dios, a quien debe toda su vida: pues creed bien que habrá de rendir cuentas, como dice San Bernardo, de todos los bienes que le han sido dados en su presente vida y de cómo los ha empleado, de tal suerte que no perecerá un cabello de su cabeza, ni perecerá un momento de una hora de su tiempo, sin que de ello deba dar cuenta.
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El cuento
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