pues yo os pagaré bien y con prontitud, día tras día, y si acaso fallase, vuestra esposa soy, apuntadlo en mi cuenta, y pagaré tan pronto como pueda. Pues, a fe mía, lo he gastado todo en mi atavío, y no en vano, hasta la última parte. Y, por haberlo gastado tan bien, para vuestro honor, por el amor de Dios os digo, no os enojéis, sino ruid y juguemos. Tendréis mi alegre cuerpo en prenda; ¡por Dios, que no os pagaré sino en la cama!; perdonádmelo, mi propio esposo querido; volved acá, y poned mejor cara».
El mercader no vio más remedio; Y reprenderlo no sería sino una necedad, Puesto que el asunto no podía enmendarse.
“Ahora, esposa,” dijo él, “te lo perdono; Mas por tu vida no seas tan generosa; Cuida mejor de mi hacienda, esto te encomiendo.”
Así termina ahora mi cuento; ¡y que Dios nos envíe Bastantes cuentos, hasta el fin de nuestras vidas!