instante Palamon está, bajo Venus, hacia el este en la plaza, con estandarte blanco, y valeroso semblante y rostro. En todo el mundo, buscando de arriba abajo, con tanta igualdad y sin variación nunca hubo dos compañías semejantes. Pues no hubo nadie tan sabio que pudiera decir que alguna tuviera sobre la otra ventaja en valor, ni en alcurnia, ni en edad, tan igualados fueron elegidos, a juzgar. Y en dos bellas filas se disponen. Cuando sus nombres fueron leídos uno a uno, para que en su número no hubiese fraude, entonces se cerraron las puertas, y se pregonó en alta voz: «¡Haced ahora vuestro deber, jóvenes caballeros orgullosos!».
Los heraldos dejaron de ir al galope de aquí para allá. Y ahora suena la trompeta fuerte y clara. No hay más que decir, sino que a este y a oeste ¡zas! entran las lanzas tristes en el ristre; ¡zas! entran las afiladas espuelas en los ijares. Ahí que me vea quien sepa justar y quien sepa cabalgar. ¡Ahí se astillan los astiles sobre los gruesos escudos!; él siente el pinchazo a través de la boca del estómago. Salen volando las lanzas a veinte pies de altura; salen las espadas brillantes como la plata. Los yelmos son cortados y hechos jirones; brota la sangre con arroyos de rojo fulgor.