tierra en lo que a ellos respecta»); ni el agua les dará humedad, ni el aire refresco, ni el fuego luz. Porque como dice san Basilio: «El ardor del fuego de este mundo se lo dará Dios en el infierno a los condenados, pero la luz y la claridad se les darán en el cielo a sus hijos; exactamente igual que el hombre de bien da la carne a sus hijos y los huesos a sus sabuesos». Y puesto que no tendrán esperanza de escapar, dice Job por último que allí morarán el horror y el espantoso terror sin fin. El horror es siempre el temor del mal por venir, y este temor morará por siempre en los corazones de los condenados. Y por eso han perdido toda esperanza por siete razones. Primero, porque Dios, que es su juez, no tendrá misericordia de ellos; ni podrán agradarle; ni a ninguno de sus santos; ni podrán dar nada por su rescate; ni tienen voz para hablarle; ni pueden huir del tormento; ni tienen bondad alguna en sí mismos que puedan mostrar para librarse del tormento.
[Bajo el cuarto encabezamiento, de las buenas obras, el párroco dice:—]
El cortés Señor Jesucristo quiere que ninguna buena obra se pierda, pues de algún modo habrá de aprovechar. Mas por cuanto las buenas obras que los hombres hacen mientras se hallan en buena vida quedan amortizadas por el