Este canónigo era mi señor, podríais creer; señor Hostalero, en fe mía, y por la reina de los cielos, fue otro canónigo, y no él, el que conoce cien veces más sutileza. Ha traicionado a gentes muchas veces; de su falsedad me duele rimar. Y siempre, cuando hablo de su falsedad, por vergüenza de él mis mejillas se ponen rojas; al menos empiezan a brillar, pues rojez no tengo ninguna, bien lo sé, en mi rostro; pues los humos diversos de los metales, que me habéis oído enumerar, han consumido y gastado mi rojez. Atended ahora a la maldad de este canónigo.
—Señor —dijo al presbítero—, que vaya vuestro criado por azogue, para que lo tengamos al momento; y que traiga dos o tres onzas; y cuando venga, bien pronto veréis una cosa maravillosa, que nunca antes habéis visto. —Señor —dijo el presbítero—, así se hará, a fe mía. Mandó a su servidor que le trajese esto, y él estuvo bien presto a su mandato, y se fue, y volvió al punto con este azogue, para decirlo brevemente; y entregó estas tres onzas al canónigo; y este las depositó bien y con cuidado, y mandó al criado que trajese carbones, para poder ponerse al momento a su labor. Los carbones fueron traídos al punto, y este canónigo sacó un crisol de su seno y se lo mostró al presbítero. —Este instrumento —dijo—, que ves aquí, tómalo en tu mano, y pon tú mismo dentro una onza de este azogue, y comienza aquí, en el nombre de Cristo, a hacerte filósofo. Hay bien pocos a quienes yo ofrecería mostrarles tanto de mi ciencia; pues aquí veréis por experiencia que este azogue lo voy a mortificar, justo ante vuestra vista y sin mentira, y a hacerlo tan buen plata, y tan fina, como la que hay en vuestra bolsa, o en la mía, o en cualquier otra parte; y a hacerlo maleable; o si no, tenedme por falso e incapaz de aparecer jamás ante la gente. Tengo aquí un polvo que me costó caro, que lo hará todo bien, pues es causa de toda mi