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nydus/The Canterbury TalesPublic
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El Prólogo

Such manner wordës haddë we on hand.

Now will I speaken of my fourth husbánd.

Mi cuarto esposo fue un holgazán; Es decir, tenía una querida, Y yo era joven y llena de lozanía, Terca y fuerte, y alegre como una urraca.

Entonces sabía bailar al son de un arpa suave, Y cantar, a fe mía, como cualquier ruiseñor, Cuando me bebía un trago de vino dulce.

Metelio, el cochino grosero, el cerdo, Que con un bastón le quitó la vida a su esposa Porque bebía vino —¡cuánto me alegra no haber sido su mujer!—, Jamás me habría acobardado de beber: Y, después del vino, en Venus es en lo que más pienso.

Pues tan cierto como que el frío engendra el granizo, Una boca golosa ha de tener una cola golosa. En una mujer vinolienta no hay defensa posible, Esto lo saben los libertinos por experiencia.

Pero, señor Cristo, cuando me acuerdo De mi juventud y de mi alegría, Me hace cosquillas en la raíz del corazón; Hasta el día de hoy le hace bien a mi corazón El haber tenido mi mundo en mi tiempo.

¡Mas la vejez, ay!, que todo lo envenena, Me ha arrebatado la belleza y la fuerza: Déjalo; adiós; que el diablo se lo lleve.

La flor se ha ido, no hay más que decir, El salvado, como mejor pueda, ahora debo vender. Pero aún procuraré estar bien alegre.

Ahora, para contaros de mi cuarto marido, os digo que en mi corazón sentí gran desdén de que él hallara deleite en cualquier otra; mas quedó

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