Quienquiera que este maldito arte practique, no tendrá jamás bien que le basque; pues todo el bien que en ello gaste, lo perderá, de eso no tengo duda alguna.
Quien guste de manifestar su locura, que se acerque y aprenda a multiplicar: y todo hombre que algo tenga en el cofre, que aparezca y se convierta en filósofo; como si tal arte fuera tan fácil de aprender.
¡No, no, Dios sabe, sea monje o fraile, sacerdote o canónigo, o cualquier otra criatura; aunque se siente ante su libro día y noche; en aprender esta esquiva y necia doctrina, todo es en vano; y por Dios, mucho más aún es enseñarle a un ignorante esta sutileza!; ¡Bah, no hables de eso, pues no puede ser!
Y sepa de letras, o no sepa ninguna, en efecto, le resultará exactamente igual; pues ambos, por mi salvación, concluyen en la multiplicación igualmente bien, cuando ya todo lo han hecho; quiero decir, que ambos fracasan los dos.
Aun olvidé hacer mención de aguas corrosivas y de limaduras, y de la molificación de los cuerpos, y también de su induración, aceites, abluciones, metales fusibles; contarlo todo superaría a cualquier Biblia que exista en el mundo; por lo que, para mayor provecho, de todos estos nombres ahora he de descansar; pues, según creo, ya os he dicho lo bastante como para despertar a un demonio, por muy fiero que parezca.
¡Ah! no, dejadlo; la piedra filosofal, que llaman elixir, buscamos con afán cada cual; pues si lo tuviéramos, seguros estaríamos bien; mas al Dios del cielo voto le den que, a pesar de nuestro arte, al haberlo hecho todo, y de nuestra maña, no vendrá de ningún modo. Él nos ha hecho gastar muchos bienes, de cuyo dolor casi nos volvimos locos, de no ser porque la buena esperanza se coló en nuestro corazón,