Este rey Aella, cuando vio su hora, con su Constanza, su dulce y santa esposa, a Inglaterra han llegado por la vía recta, donde vivieron en alegría y en sosiego.
Mas poco duró, os lo aseguro, pues la alegría del mundo no perdura, de la noche a la mañana cambia como la marea.
¿Quién vivió jamás en tal deleite un día, que no le moviese ni la conciencia, ni la ira, ni el deseo, ni alguna porfía, la envidia, o el orgullo, o la pasión, o la ofensa? Lo digo solo con este fin y esta sentencia: que bien poco en gozo y en complacencia duró la dicha de Ała con Constanza.
Porque la muerte, que a altos y a bajos cobra su tributo, cuando pasó un año, según conjeturo, de este mundo se llevó a este rey Aella, por quien Constanza sintió grandísima pesadumbre.
Ahora roguemos que Dios bendiga su alma: y la dama Constanza, para terminar, hizo su camino rumbo a la ciudad de Roma.
A Roma es venida esta santa criatura, Y halla allí a sus amigos sanos y salvos: Ya está libre de toda su aventura: Y cuando a su padre ha hallado, De hinojos cae sobre la tierra, Llorando de ternura y con el corazón alegre Alaba a Dios cien mil veces.
En virtud y en piadosa obra caritativa viven todos, y jamás se apartan; hasta que la muerte los separa, llevan esta vida: y creedme, mi cuento ha llegado a su fin.— Ahora Jesucristo, que de su poder puede enviar alegría tras la aflicción, nos gobierne en su gracia y nos guarde a todos los que estamos en este lugar.