Cuando acabó la vida de santa Cecilia, Aun no habíamos andando cinco millas, Cuando en Boughton-under-Blee nos dio alcance Un hombre, que vestía de ropas negras, Y debajo llevaba un sobrepelliz blanco. Su penco, que era todo tordo rodado, Tan sudado iba, que era maravilla verlo; Parecía como si hubiera espoleado tres millas. El caballo también en que su criado iba montado Tan sudado iba, que apenas podía andar. Sobre la sobreciña la espuma subía muy alta; Estaba de espuma tan manchado como una urraca. Una maleta doblada en su grupa yacía; Parecía que poco equipaje llevaba; Muy ligero para el verano iba este hombre digno. Y en mi corazón a maravillarme empecé Quién era aquel, hasta que comprendí Cómo su capa estaba cosida a su capilla; Por lo cual, cuando hube reflexionado largo rato, Juzgué que era algún canónigo. Su sombrero colgaba a su espalda sujeto por un cordón, Pues había cabalgado más que al trote o al paso; Había espoleado como si estuviera loco. Una hoja de lampazo se había metido bajo la capilla, Contra el sudor, y para resguardar su cabeza del calor. Mas era una alegría verlo sudar; Su frente goteaba como si un alambique Estuviera lleno de llantén o de parietaria. Y cuando hubo llegado, se puso a gritar: «Dios salve —dijo— a esta alegre comparsa. A prisa he espoleado —dijo— por amor a vosotros, Porque deseaba daros alcance, Para cabalgar en esta alegre compañía». Su criado también era muy cortés, Y dijo: «Señores, ahora en la hora matutina Os vi salir montados de vuestra hostería, Y avisé aquí a mi señor
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El Prólogo
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