y la causa es que no conocen el arte; y por eso lo han dejado en el lugar, hasta que el caballero les haya enseñado la manera de hacerlo marchar, como oiréis más adelante.
Grande era la turba que acudía de aquí para allá para contemplar este caballo que así se hallaba: pues era tan alto, tan ancho y largo, y tan bien proporcionado para ser fuerte, cual si fuera un corcel de Lombardía; además, tan brioso y tan vivo de mirada, como si fuera un noble corcel de Apulia; pues ciertamente, de su cola a su oreja ni la naturaleza ni el arte habrían podido mejorarlo en ningún aspecto, según creía toda la gente.
Pero lo que más les maravillaba a todos era cómo podía andar, siendo de bronce; era cosa de Hadas, según le parecía a la gente. Distintas gentes opinaban de distintas maneras; tantas cabezas, tantos pareceres hay. Murmuraban como hace un enjambre de abejas, y daban explicaciones según sus fantasías, repasando las viejas poesías, y decían que se parecía al Pegaso, el caballo que tenía alas para volar; o bien era el caballo del griego Sinón, que condujo a Troya a la destrucción, como los hombres pueden leer en las viejas gestas.
«Mi corazón —dijo uno— está siempre temeroso; creo que hay en él algunos hombres de armas que se disponen a conquistar esta ciudad: sería muy bueno que se supiera toda cosa tal.»
Otro le susurró a su compañero en voz baja, y dijo: «Miente; pues más bien se parece a una apárición hecha por cierta magia, como juegan los titiriteros en estas grandes fiestas.»
De dudas diversas parlotean y discuten así. Como la gente inculta juzga comúnmente de las cosas que están hechas con más sutileza de lo que su ignorancia puede comprender; juzgan con gusto hacia el peor extremo.
Y algunos se maravillaban del espejo, que fue llevado a lo alto de la torre del homenaje, cómo los hombres podían ver tales cosas en él.