En los antiguos días del rey Arturo, del cual los britones hablan con gran honor, toda esta tierra estaba llena de faërie; la reina de los elfos, con su alegre compañía, bailaba muy a menudo en muchos verdes prados.
Esta era la vieja opinión, según leido he; hablo de hace muchos cientos de años; mas ahora ya nadie puede ver más elfos, pues ahora la gran caridad y las plegarias de los frailes mendicantes y otros santos frailes, que recorren cada tierra y cada arroyo, tan espesos como motas en un rayo de sol, bendiciendo salas, cámaras, cocinas y estancias, ciudades y burgos, altos castillos y torres, aldeas y graneros, establos y lecherías, esto hace que ya no haya hadas: pues donde antes solía caminar un elfo, ahora camina el propio fraile mendicante, por las tardes y por las mañanas, y dice sus maitines y sus cosas santas, mientras recorre su demarcación.
Las mujeres pueden ahora ir seguras arriba y abajo, en cada arbusto y bajo cada árbol; no hay otro íncubo sino él; y él no les hará ningún deshonor.
Y así avino, que este rey Arturo tenía en su casa a un lozano babilán, que un día venía de cazar de ribera; y aconteció que, sola como su madre la parió, vio a una doncella caminando ante él, a la cual doncella de inmediato, a su pesar, por pura fuerza la desfloró:
Por cuya opresión hubo tal clamor, y tal persecución ante el rey Arturo, que condenado fue este caballero a morir por curso de la ley, y debió haber perdido la cabeza; (por ventura tal era el estatuto entonces), sino que la reina y otras damas más le rogaron tanto al rey por su gracia, hasta que él le concedió la vida allí mismo, y se lo entregó a la reina, a su entera voluntad para elegir si quería salvarlo o matarlo.
La reina agradeció al rey con todas sus fuerzas; y tras esto, así habló al caballero, cuando vio su momento cierto día.