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nydus/The Canterbury TalesPublic
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El Prólogo

hombres su sabiduría es la más alta, el que no se preocupa de quién tiene el mundo en sus manos’. Por este refrán bien habrás de entender: si tienes bastante, ¿qué te importa o atañe cuán alegremente les vaya a otras gentes?

Por cierto, viejo chocho, con perdón, tendréis vuestro [placer] a la oración. Es un tacaño vil quien se negara a que en su farolillo luz tomara otro, pues menos luz no ha de tener. Si os sobra, no os podéis ya quejar, ¡pardiez!

Tú dices también, que si nos ponemos bellas con ropa y con preciosos atavíos, es un peligro para nuestra castidad. Y aun así —¡con pesar!— te empeñas y dices estas palabras en nombre del apóstol: «Con hábitos hechos de castidad y recato debéis vosotras, mujeres, atavićaros», dice él, «y no con cabellos trenzados ni pedrería vistosa, como perlas, ni con oro, ni con telas ricas». Ni por tu texto ni por tu rúbrica obraré tanto como vale un jején.

Tú dices asimismo que salgo como un gato:

Pues quien quisiera el pellejo del gato quemar, haría al gato en su hogar bien se quedar; mas si el pellejo del gato es lustroso y galano, no querrá estar en la casa ni medio verano, sino que saldrá, antes de que amanezca el día, a lucir su piel y a andar en golfería.

Es decir, si ando alegre, señor malvado, saldré a correr para mostrar mi sayal.

Sir oldë fool, what helpeth thee to spyen?

Though thou pray Argus with his hundred eyen To be my wardécorps, as he can best, In faith he shall not keep me, but me lest: Yet could I make his beard, so may I thé.

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