El mancebo dijo: «¡Así pueda yo medrar!, mañana te encontraré cuando tenga mi armadura; y aun espero, a fe mía, que con esta ligera lanza lo pagarás muy caro; tu entraña traspasaré, si puedo, antes de que sea la prima del día, pues aquí serás muerto». Don Thopas retrocedió a toda prisa; el gigante le arrojó piedras con una honda de palo cruel; mas san y salvo escapó el mancebo Thopas, y todo fue por la gracia de Dios, y por su hidalguía. Escuchad aún, señores, mi cuento, más alegre que el ruiseñor, pues ahora os susurraré cómo don Thopas, de ijares esbeltos, galopando por colina y valle, ha vuelto a la villa. A sus alegres hombres mandó que le prepararan juegos y regocijo; pues menester le era luchar con un gigante de tres cabezas, por amor y por la alegría de una que brillaba con luz propia. «Haced venir —dijo— a mis juglares y contadores de historias, al punto de vestirme, de romances que sean reales, de papas y de cardenales, y también de anhelos de amor». Le trajeron primero el vino dulce, y aguamiel también en una taza de metal, y especias reales; de pan de jengibre que era muy fino, y regaliz y también comino, con azúcar de la mejor. Se puso, junto a su blanca piel, de lino fino y limpio, unos calzones y también una camisa; y junto a su camisa un sayo acolchado, y sobre eso un gorigüey, para que no le traspasaran el corazón; y sobre eso una fina cota de malla, obra toda de orfebres judíos, muy fuerte era de placas; y sobre eso su sobreveste, tan blanca como la flor del lirio, en la cual habría de batallar. Su escudo era todo de oro rojizo, y en él había la cabeza de un jabalí, un carbunclo al lado; y allí juró sobre ale y pan, que el gigante habría de morir, suceda lo que suceda.
Table of Contents
Sir Thopas
382