y, dulce ave, piedad más!». La ventana abrió, y eso con presteza. «Acaba —dijo ella—, desciende sin pereza, y date prisa en venir y llegar, no sea que algún vecino te vaya a encontrar».
Entonces Absolón se limpió bien la boca.
Oscura era la noche como pez o carbón, y por la ventana ella sacó su rincón, y a Absolon no le fue ni mejor ni peor, pues con su boca besó el culo de ella con fervor y con gran gusto.
Cuando de esto se dio cuenta, dio un paso atrás, pensando que algo iba mal en la cuenta, pues bien sabía que una mujer no tiene barba. Notó una cosa áspera, larga y barbuda, y dijo: «¡Uf, ay de mí! ¿Qué he hecho?». «¡Je, je!», dijo ella, y cerró la ventana de golpe; y Absolón se marchó a paso pesaroso.