ilusiones y tales circunstancias, Como la gente pagana usaba en aquellos días. Por lo cual ya no hizo más demoras ni porfías; Sino que por su magia, por un día o dos, Parecía que las rocas no estaban, ¡por Dios!
Aurelius, que aún dudaba e ignoraba si lograría su amor o fracasaba, aguardaba noche y día este milagro; y cuando supo que no había ningún obstáculo, que desparecidas estaban todas estas rocas, a los pies de su amo cayó de inmediato, y dijo: «Yo, desdichado y mísero Aurelius, os doy las gracias, mi Señor, y a mi señora Venus, que me habéis ayudado en mis frías penas». Y hacia el templo encaminó sus pasos, allí donde sabía que vería a su dama. Y cuando vio su oportunidad, de inmediato con corazón temeroso y semblante muy humilde saludó a su querida y soberana señora. «Mi legítima Señora —dijo este hombre mísero—, a quien más temo y amo como mejor puedo, y a quien más me pesaría de todo el mundo desagradar, a no ser que por vos sufra tal dolor, que deba morir aquí mismo a vuestros