como un cobarde atemorizado».
«¡Falso rufián —dijo el molinero—, lo has hecho? ¡Ah, falso traidor, falso clérigo —dijo él—, has de morir, por la dignidad de Dios! ¿Quién osa ser tan audaz como para deshonrar a mi hija, que desciende de tan noble linaje?».
Y por la nuez de la garganta agarró a Alein, y este le devolvió el ataque sin piedad, y en las narices lo golpeó con su puño; abajo corrió el arroyo de sangre por su pecho: y en el suelo, con la nariz y la boca rotas, se revolvieron como dos cerdos en un costal.
Y arriba van, y abajo luego otra vez, hasta que el molinero tropezó en una piedra, y cayó de espaldas sobre su mujer, que nada sabía de esta tonta disputa: pues se había dormido un poquito con Juan el clérigo, que había velado toda la noche; y con la caída despertó de su sueño.
«¡Ayuda, santa cruz de Bromëholm!», dijo; «¡In manus tuas! Señor, a ti te llamo. Despierta, Simón, el demonio me ha caído encima; mi corazón está roto; ayuda; soy muerta: alguien yace sobre mi vientre y sobre mi cabeza. ¡Ayuda, Simkin, que estos falsos clérigos pelean!».