mi ingenio, Que tuvieron que ceder, por lo mejor, O si no, nunca habríamos tenido paz. Pues, aunque él mirara como un león furioso, Aun así habría fracasado en su propósito.
Entonces diría yo: «Ahora, dulce amor, mira ¡cuán manso luce nuestro cordero Wilken! Ven cerca, esposo mío, y déjame besar tu mejilla. Debéis ser bien pacientes y mansos, y tener una dulce conciencia bien especiada, ya que tanto predicáis sobre la paciencia de Job.
Sufrid siempre, ya que tan bien sabéis predicar, y si no lo hacéis, creedme que os enseñaremos que es hermoso tener una esposa en paz. Uno de los dos debe ceder sin duda: y puesto que el hombre es más razonable que la mujer, debéis ser sufridos.
¿Qué os aflige para así gruñir y gemir? ¿Es acaso porque queréis mi amor a solas? Pues tomadlo todo: mirad, tenedlo por completo, ¡Por Pedro!, ¡mal rayo os parta si no lo amáis bien! Pues si quisiera vender mi dulce tesoro, podría andar tan fresca como una rosa, mas lo guardaré para vuestro propio deleite. Tenéis la culpa, por Dios, os digo la verdad».