por cometer tan vil entuerto! ¡Oh, mente turbada, oh, ira imprudente, que sin reflexionar golpeas al inocente! ¡Oh, desconfianza, llena de falsa sospecha! ¿Dónde estaba tu ingenio y tu discreción? ¡Oh! que todo hombre se guarde de la precipitación, y no crea en nada sin un testimonio firme. No golpees demasiado pronto, antes de saber el porqué, y medita bien y con seguridad antes de llevar a cabo ninguna ejecución movido por la ira y la sospecha. ¡Ay! a millares de gentes la ira precipitada las ha destruido vilmente y arrojado al fango. ¡Ay! De puro pesar voy a dar muerte a mí mismo». Y al cuervo: «Oh, falso ladrón», dijo, «pronto habré de pagarte tu falso cuento. Antaño cantabas como cualquier ruiseñor, ahora habrás de renunciar a tu canto, falso ladrón, y también a todas y cada una de tus blancas plumas, ni volverás a hablar en todos los días de tu vida; así se vengarán los hombres de un traidor. Tú y tu descendencia seréis negros para siempre, ni volveréis jamás a emitir dulce sonido, sino que gritaréis siempre contra la tempestad y la lluvia, en señal de que por tu culpa mi esposa ha muerto». Y se abalanzó sobre el cuervo, y al instante le arrancó todas y cada una de sus blancas plumas, y lo volvió negro, y le quitó todo su canto, y también el habla, y lo arrojó puerta afuera en manos del diablo, al cual te encomiendo; y por esta causa todos los cuervos son negros. Señores, por este ejemplo os ruego que os cuidéis y tengáis presente lo que decís; y no le contéis jamás a ningún hombre en vuestra vida cómo otro hombre se ha desposado con su mujer; os aborrecerá mortalmente, tenedlo por cierto. El sabio Salomón, como dicen los doctos clérigos, enseña a un hombre a refrenar bien su lengua; pero, como dije, yo no soy hombre de letras. No obstante, así me enseñó mi madre: «Hijo mío, piensa en el cuervo, en el nombre de Dios. Hijo mío, cuida bien tu lengua y conserva a tu amigo;
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El cuento
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