Codal
nydus/The Canterbury TalesPublic
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El cuento del caballero

Delante de ella estaba su hijo Cupido, sobre sus hombros tenía dos alas; y ciego era, como a menudo se ve; un arco llevaba, y flechas brillantes y afiladas.

¿Por qué no habría de contaros también toda la pintura que había en la pared dentro del templo del poderoso Marte el Rojo?

Pintada estaba la pared a lo largo y a lo ancho a semejanza de las estancias del lúgubre lugar que llaman el gran templo de Marte en Tracia, en aquella fría y helada región donde Marte tiene su soberana morada.

Primero en la pared pintado había un bosque, en el que no habitaba ni hombre ni bestia, con nudosos, nudosos, estériles árboles viejos de tocones afilados e hidiondos de contemplar; en el que corrían un rumor y un susurro, como si una tormenta fuera a reventar cada rama: y cuesta abajo desde una colina bajo un declive, se erguía el templo de Marte Armipotente, labrado todo en acero bruñido, cuya entrada era larga y estrecha, y espantosa de ver. Y de allí salía una furia y tal estruendo que hacía que todas las puertas se estremecieran. La luz del norte brillaba por la puerta, pues no había ninguna ventana en la pared a través de la cual se pudiera discernir luz alguna. Las puertas eran todas de adamante eterno, remachadas transversal y longitudinalmente con hierro tenaz y, para hacerlo fuerte, cada pilar que sostenía el templo era del grosor de una tina, de hierro brillante y reluciente.

Allí vi primero la sombrera imagen de la felonía y de toda su asechanza; la ira cruel, tan roja como brasa, el carterista y también el pálido pavor; el sonriente con el puñal bajo la capa, el establo ardiendo con el negro humo; la traición del asesinato en el lecho, la guerra abierta, con heridas todas ensangrentadas; la contienda con cuchillo sangriento y aguda amenaza. Todo lleno de chirridos era aquel triste lugar. Al homicida de sí mismo también vi allí, su propia sangre del corazón había bañado todo su

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