Y en el agua brama de aquí para allá, Y con asombroso sigilo cogió también La barra de cobre (sin que aquel cura lo supiera), Y la escondió, y lo agarró por el pecho, Y le habló, y le dijo así en broma: «Agáchate ahora; por Dios, tienes la culpa; Ayúdame ahora, como yo te hice antes; Mete la mano y mira lo que hay ahí».
Este cura cogió al punto esta barrita de plata; y entonces dijo el canónigo: «Vayamos, con estas tres barritas que hemos fabricado, a ver a algún platero y comprobemos si valen algo; pues, por mi fe, no daría mi capilla a cambio de que no fueran plata fina y buena, y bien pronto quedará demostrado». Al platero, con estas tres barritas, fueron al instante, y las sometieron a prueba de fuego y martillo; nadie pudo decir que no fueran como debían ser. Este infeliz cura, ¿quién había más alegre que él? Jamás un pájaro se alegró tanto ante el nuevo día; ni un ruiseñor en la estación de mayo hubo jamás ninguno que con más gusto cantara; ni dama más lozana en el carillón, o al hablar de amor y feminidad; ni caballero en armas dispuesto a una hazaña audaz, para granjearse la gracia de su dama amada, que lo estaba este cura por aprender este arte; y al canónigo así le habló y le dijo: «Por el amor de Dios, que por todos nosotros murió, y como pueda yo retribuirselo, ¿cuánto va a costar esta receta? Dígamelo ahora». «Por nuestra Señora —dijo el canónigo—, es cara. Bien le advierto que, salvo yo y un fraile, nadie en Inglaterra sabe hacerla». «No importa —dijo él—; ahora, señor, por amor de Dios, ¿cuánto he \que pagar? Dígamelo, se lo ruego». «A fe mía —dijo él—, es muy cara, le digo. Señor, en una palabra, si le apetece tenerla, pagará cuarenta libras, Dios me guarde; y de no ser por la amistad que antes me demostró, tendría que pagar más, a fe mía».