Una buena mujer había allí cerca de Bath, pero era algo sorda, y eso era una lástima.
Del arte de hacer paños tenía tal destreza, que superaba a los de Ypres y a los de Gante.
En toda la parroquia no había esposa ninguna que a la ofrenda antes que ella debiera marchar, y si lo hacía, sin duda tan irritada se ponía, que salía de toda caridad.
Sus tocados eran de tejido muy fino; osaría jurar que pesaban diez libras los que el domingo llevaba sobre la cabeza.
Sus calzas eran de rojo escarlata fino, bien ceñidas, y sus zapatos, muy suaves y nuevos. Audaz era su rostro, y hermoso y de rojo tono.
Fue una mujer respetable toda su vida: maridos en la puerta de la iglesia había tenido cinco, sin contar otra compañía en su juventud; pero de eso no es necesario hablar ahora.
Y tres veces había estado en Jerusalén; había cruzado muchos extraños arroyos; en Roma había estado, y en Boloña, en Galicia, en Santiago, y en Colonia; sabía mucho de deambular por el camino.
Dientes separados tenía, a decir verdad.
Sobre una hacanea marchosa iba sentada, bien barbada, y en la cabeza un sombrero tan ancho como un paveses o un escudo.
Un sobretodo alrededor de sus caderas anchas, y en sus pies un par de espuelas afiladas.
En buena compañía sabía reír y charlar.
De remedios de amor sabía tal vez, pues de ese arte conocía la vieja danza.