Nuestro Host en los estribos se alzó al punto, Y dijo: «¡Buenos hombres, escuchad todos juntos, Este fue un cuento provechoso y bien contado!
Señor Cura», dijo él, «¡por los huesos sagrados, Cuéntanos un cuento, como fue tu promesa antaño! Bien veo que vosotros, los instruidos en el saber, Sabéis mucho de bien, por la dignidad del Creador».
El Párroco le respondió: «¡Benedicite! ¿Qué le aflige al hombre para tan pecaminosamente jurar?».
Nuestro Host respondió: «¡Oh, Jankin, estáis por acá! Ahora, buenos hombres —dijo nuestro Host—, escuchadme bien. Huelo un lolardo en el viento —dijo también—. Aguardad, por la digna pasión del Señor, Pues tendremos aquí un buen sermón: Este lolardo de aquí nos va a predicar algo».
«No, por el alma de mi padre, que eso no ha de ser — Dijo el Marino—; aquí no ha de predicar, Ni glosará ni enseñará el Evangelio sin par. Todos creemos en el gran Dios —dijo entonces—. Él solo querría sembrar disensiones, O cizaña en nuestro trigo limpio esparcir. Y por ello, Host, te lo quiero advertir: Mi alegre cuerpo os contará un buen cuento, Y os haré sonar tan alegre instrumento, Que a toda esta compañía habré de despertar; Mas no ha de ser de filosofía el hablar, Ni de medicina, ni de términos de ley sutiles; Muy poco latín hay en mis entrañas viles».