«Señor —dijo este fraile—, una odiosa desgracia le ha ocurrido hoy a mi orden y a mí, y por consecuencia a cada grado de la santa iglesia, que Dios lo enmiende pronto». «Señor —dijo el señor—, ya sabéis qué debéis hacer: no os alteréis, sois mi confesor. Sois la sal de la tierra y el sabor; por amor de Dios, guardad ahora vuestra paciencia; contadme vuestra pena». Y él al instante le contó como habéis oído antes, ya sabéis bien qué. La señora de la casa estuvo siempre sentada hasta que oyó lo que el fraile dijo. «¡Ay, madre de Dios —dijo ella—, bienaventurada doncella, hay algo más? Decídmelo fielmente». «Señora —dijo él—, ¿qué os parece esto?». «¿Que qué me parece? —dijo ella—; así Dios me socorra, digo que un villano ha hecho una villanía. ¿Qué he de decir? ¡Que Dios no lo deje prosperar nunca!; su cabeza enferma está llena de vanidad; lo tengo por una especie de demencia». «Señora —dijo él—, por Dios, no mentiré, a menos que de otro modo pueda vengarme, lo difamaré por dondequiera que hable; este falso blasfemo, que me exigió repartir lo que no puede ser repartido, a cada hombre por igual, ¡maldición con él!».
El señor se quedó quieto, como en trance, y en su corazón daba vueltas y más vueltas: «¿Cómo se le ocurrió a este patán plantear semejante problema al fraile? Jamás antes había oído tal asunto; supongo que el Diablo se lo metió en la cabeza. En toda la aritmética ningún hombre encontrará, antes de este día, una cuestión semejante. ¿Quién podría hacer una demostración para que a cada hombre le correspondiera una parte igual en cuanto al sonido y al aprecio de un pedo?