¡Oh daño dañino, estado de pobreza, con sed, con frío, con hambre tan abatido; pedir ayuda en tu corazón te avergüenza; si no pides ninguna, tan gravemente estás herido, que la pura necesidad desenvuelve toda tu herida oculta.
A pesar de tu cabeza debes por indigencia o robar, o mendigar, o pedir prestado tu sustento.
Tú culpas a Cristo, y dices con amargura, que Él reparte mal las riquezas temporales; a tu prójimo recriminases pecaminosamente, y dices, que tú tienes muy poco, y él lo tiene todo:
«Por fe (dices tú) alguna vez él rendirá cuentas, cuando su cola arda en la brasa, por no haber ayudado al menesteroso en su necesidad».
Escuchad cuál es la sentencia del sabio:
Más vale morir que padecer indigencia. Tu propio vecino te despreciará, Si eres pobre, adiós a tu respetabilidad. Mas del hombre sabio toma esta sentencia: Todos los días de los pobres son malos, Guárdate, pues, antes de llegar a ese trance.
Si eres pobre, tu hermano te aborrece, ¡Y todos tus amigos huyen, ay!, de ti; Oh, ricos mercaderes, rebosáis de creces, Oh, noble y prudente gente, según vi, Vuestras bolsas no guardan ases para ir así, Sino seises y cincos que os dan buena suerte; Por Navidad podéis bailaros bien la muerte.
Ye seekë land and sea for your winníngs, As wisë folk ye knowen all th’ estate Of regnës; ye be fathers of tidings, And talës, both of peace and of debate: