y vuestro provecho; y en nuestro corral hallaré las hierbas que tienen por naturaleza la propiedad de purgaros por abajo y también por arriba. Señor, no olvidéis esto por amor de Dios; estáis muy lleno de cólera por vuestra complexión; vigilad que el sol, en su ascensión, no os encuentre repletos de humores calientes; y si lo hace, bien me atrevo a apostar un groat, a que tendréis una fiebre terciana, o bien una cuartana, que pueda ser vuestra ruina. Un día o dos tomaréis digestivos de lombrices, antes de tomar vuestros laxantes, de laurel, centaurea y fumaria, o bien de saúco, que crece allí, de catapucia, o de bayas de cornejo, o de hiedra terrestre que en nuestro corral crece alegre: cogedlas tal como crecen y comedlas dentro, sed alegre, esposo, por el linaje de vuestro padre; no temáis ningún sueño; más no os puedo decir».
“Señora —dijo él—, mil gracias por vuestra doctrina, pero sin embargo, en lo que toca al maestro Catón, que tiene de la sabiduría tan gran renombre, aunque mandó que no se temiera ningún sueño, ¡por Dios!, se puede leer en los libros antiguos acerca de muchos hombres de mayor autoridad de lo que Catón fue —así pueda yo medrar—, que dicen todo lo contrario de su sentencia, y bien han hallado por experiencia que los sueños son significaciones tanto de alegrías como de tribulaciones que la gente padece en esta vida presente. No hace falta debatir sobre esto; la prueba misma lo demuestra en verdad. Uno de los mayores autores que se leen dice así, que en otro tiempo dos compañeros fueron en peregrinación con muy buena intención; y sucedió que llegaron a un pueblo donde había tal congregación de gente, y además tan escasa posada, que no hallaron ni tan solo una cabaña en la cual ambos pudieran alojarse; por lo cual tuvieron necesariamente, por aquella noche, que separarse; y cada cual se fue a su hospedería, y tomó su alojamiento como pudo. El uno de ellos fue alojado en un establo, al fondo de un corral, con bueyes de arado; el otro hombre fue alojado bastante bien, según fue su