La pobreza es un bien odioso; y, según supongo, una grandísima libradora de afanes; un gran enmendador también de la sabiduría para aquel que la toma con paciencia. La pobreza es esto, aunque extraña parezca, posesión que nadie querrá disputar. La pobreza muy a menudo, cuando un hombre está abatido, le hace conocer a su Dios y también a sí mismo: la pobreza es un catalejo, según me parece, a través del cual puede ver a sus verdaderos amigos. Y, por tanto, señor, ya que no os ofendo, de mi pobreza no me reprochéis más.
—Ahora, señor, de vejez me reprendéis; y a fe, señor, aunque ninguna autoridad hubiera en libro alguno, vosotros, los nobles de honor, decís que se debe honrar a un viejo, y llamarle padre, por vuestra hidalguía; y autores hallaré, según supongo.
Ahora, ya que decís que soy fea y vieja, no temáis entonces ser un corudo. Pues la fealdad y la vejez, así me salve Dios, pueden ser grandes guardianas de la castidad.
Pero no obstante, puesto que conozco vuestro deleite, cumpliré vuestro apetito terrenal.
Escoged ahora —dijo ella—, una de estas dos cosas: tenerme fea y vieja hasta que muera, y ser para vos una esposa fiel y humilde, y no displearos jamás en toda mi vida; o bien, preferís tenerme joven y hermosa, y correr la ventura de la concurrencia que habrá en vuestra casa a causa de mí, ¿o en algún otro lugar, bien pudiera ser? Ahora escoged por vos mismo lo que más os plazca.
Este caballero le aconseja y suspira hondamente, Pero al fin habló de esta manera: «Mi señora y mi amor, y esposa tan querida, Me pongo bajo vuestro sabio gobierno, Elegid por vos misma lo que